Por qué se ha puesto de moda grabarse en momentos íntimos y emocionales

Última actualización: enero 15, 2026
  • Las redes sociales han convertido grabarse en una forma de expresión emocional, validación social y construcción de identidad, especialmente entre la generación Z.
  • Fenómenos como el sadfishing, las depression rooms y los vídeos de conciertos muestran cómo se mezcla autenticidad, búsqueda de atención y estrategia de contenido.
  • Grabar y compartir puede ser liberador y ayudar a visibilizar la salud mental, pero también puede generar dependencia emocional, presión social y conductas de riesgo.
  • El reto está en encontrar un equilibrio sano entre vivir las experiencias y registrarlas, usando el móvil como herramienta y no como centro de la vida emocional.

joven grabándose con el móvil

En muy poco tiempo nos hemos acostumbrado a ver a gente grabándose absolutamente para todo: cuando están felices, cuando lloran, cuando limpian su cuarto hecho un desastre o cuando van a un concierto. Lo que hace unos años habría parecido rarísimo (¿quién se grababa llorando para subirlo a internet?) hoy se ha convertido en parte del paisaje cotidiano de TikTok, Instagram o YouTube.

Detrás de esa moda de apuntar la cámara del móvil hacia uno mismo hay mucho más que ganas de llamar la atención. Hay formas nuevas de gestionar las emociones, pedir ayuda, buscar reconocimiento o incluso hacer marketing. Desde el sadfishing hasta las famosas «depression rooms» o el impulso casi automático de grabar cada canción en un concierto, todo forma parte de un mismo cambio cultural: vivimos y recordamos la vida con la cámara encendida.

Sadfishing: cuando la tristeza se convierte en contenido

En los últimos años se ha popularizado el término sadfishing para hablar de esas publicaciones en las que alguien muestra un gran malestar emocional, a veces de forma muy dramática, con el objetivo de generar atención y apoyo en redes. No es raro encontrarse en el feed vídeos de personas llorando por ansiedad, rupturas, burnout o problemas familiares, compartiendo su tristeza con miles de desconocidos.

El nombre lo acuñó en 2019 la escritora Rebecca Reid, a raíz de una polémica con la modelo Kendall Jenner. La influencer habló en redes de lo mal que lo había pasado por sus problemas de acné en la adolescencia, con un tono muy emotivo, para acabar descubriéndose que todo formaba parte de una campaña de marketing de cosméticos. Muchos seguidores se sintieron engañados: habían empatizado genuinamente con su dolor y al final resultó ser una estrategia comercial.

Reid jugó con la palabra inglesa sad (triste) y el término catfishing, que se utiliza cuando alguien se crea un perfil falso para engañar o dañar a otros. La idea de fondo es esa sensación de que hay algo forzado o poco sincero en ciertos contenidos tristes, como si las lágrimas fueran más un recurso de guion que una expresión espontánea de lo que se siente.

Ahora bien, no todo lo que se etiqueta como sadfishing es teatro. Muchos usuarios se graban llorando porque necesitan desahogarse, sentirse acompañados o recibir apoyo. En otras ocasiones, quien está detrás del vídeo sí busca claramente un beneficio: ganar seguidores, disparar la interacción o promocionar un producto o proyecto personal aprovechando un momento vulnerable.

Los psicólogos recuerdan que es muy difícil, desde fuera, saber con certeza qué hay detrás de cada vídeo. Según el psicólogo Luis Martínez-Casasola, hay rasgos de personalidad que pueden facilitar este tipo de conductas, como el narcisismo, que empuja a algunas personas a exagerar su sufrimiento para llamar la atención. También pueden recurrir a estos vídeos quienes se sienten solos, tienen baja autoestima o arrastran depresión y ansiedad, y ven en las redes una vía para expresar lo que en su entorno cercano no se atreven a decir.

Motivos por los que la gente se graba llorando

Los especialistas suelen distinguir al menos tres grandes motivaciones en esa moda de grabarse llorando o mostrando dolor emocional en redes, que pueden mezclarse entre sí:

En primer lugar está el sadfishing más evidente, el que tiene un objetivo comercial o de autopromoción. Es el caso de campañas planificadas como la de Kendall Jenner, pero también de creadores que utilizan su tristeza como gancho para vender cursos, libros, música o cualquier otro producto. El mecanismo es claro: generas pena, atraes clics y atención, y luego presentas la oferta.

En segundo lugar, hay usuarios que no persiguen vender nada, pero sí buscan atención, validación o crecimiento de audiencia. Saben que los contenidos emocionales suelen generar muchos comentarios de apoyo, mensajes privados y una sensación intensa de acompañamiento. Para alguien que se siente poco visto en su vida offline, esa ola de «estoy contigo» puede convertirse en una especie de gasolina emocional.

Por último, hay personas que simplemente se graban llorando porque es su forma de desahogo. Igual que antes uno escribía en un diario, ahora algunos utilizan la cámara frontal como confesor, sin pensar demasiado en el impacto que tendrá después. A veces ni siquiera buscan respuesta: solo necesitan soltar lo que llevan dentro y sentirse auténticos, aunque eso implique mostrar un momento muy frágil.

El problema es que las redes sociales no son precisamente un entorno cuidadoso. Como recuerda el psicólogo Oliver Serrano León, exponer una vulnerabilidad tan cruda en un espacio donde reina la falta de empatía puede tener efectos liberadores, pero también profundizar el daño. Al principio suelen llegar mensajes cariñosos, pero si los episodios se repiten mucho o suenan exagerados, parte del público se cansa, se burla o acusa a la persona de manipular.

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Para quienes usan el sadfishing de forma calculada, las críticas quizá no supongan un gran impacto emocional. Sin embargo, para alguien que realmente está mal y ha recurrido a internet como refugio, leer comentarios crueles o burlas puede empeorar mucho su estado. Además, Serrano León advierte de un riesgo extra: si el alivio emocional depende casi por completo de la respuesta digital, se puede generar una dinámica adictiva, muy parecida a otras conductas de búsqueda de recompensa intermitente. La persona termina necesitando publicar cada vez que quiere sentirse un poco mejor.

Generación Z y la cámara como diario emocional

Para muchos adultos, ver a alguien llorando frente al móvil y subiendo el vídeo a TikTok es algo que roza el absurdo. Sin embargo, para la generación Z esta forma de exposición forma parte natural de su manera de relacionarse con lo que siente. No lo viven tanto como un espectáculo, sino como una forma de validar emociones y dejar constancia de ellas en tiempo real.

Lo que a ojos de un boomer o un millennial puede interpretarse como «quedar en ridículo en internet», para muchos chavales es una especie de catarsis pública sin filtros. No esperan a que pase la tormenta para contarlo: hablan, lloran, se graban y comparten mientras todavía están en mitad del chaparrón. Eso hace que quien los vea tenga la sensación de estar asomándose a un diario abierto, no a un resumen a posteriori.

Lejos del tópico de que siempre están «buscando atención», muchas veces lo que hay de fondo es necesidad de comprensión y de sentirse vistos. En una era dominada por filtros y sonrisas impostadas, enseñar la cara hinchada de llorar o confesar que no pueden con todo puede ser un gesto de valentía. Es una forma de decir: «mira, no estoy bien, y no voy a fingir que sí».

Las redes se convierten así en una especie de diario emocional digital. No solo se suben fotos bonitas o momentos de éxito, también se comparten las partes feas, tristes e incómodas de la vida. Una selfie llorando no siempre implica que alguien esté mendigando lástima; muchas veces es simplemente una manera de no tener que mantener la fachada de que todo va perfecto cuando la realidad es otra.

Este tipo de exposición no es solo cosa de usuarios anónimos. Figuras como Bella Hadid, Justin Bieber, Miley Cyrus, Dove Cameron o Bad Bunny han compartido abiertamente momentos de vulnerabilidad, crisis emocionales y lágrimas en sus redes. Para una parte de su público, ver a sus ídolos derrumbarse les hace sentirse menos raros y más acompañados en sus propios problemas, porque entienden que el sufrimiento no distingue entre famosos y desconocidos.

¿Es sano grabarse llorando o en plena crisis?

Desde el punto de vista psicológico no existe una norma tajante que diga que grabarse llorando sea intrínsecamente bueno o malo. No hay evidencia sólida que lo convierta en una terapia milagrosa, pero tampoco pruebas de que, por sí mismo, sea peligroso. Todo depende del contexto, de la frecuencia y del papel que ese contenido juega en la vida de la persona.

Para algunos, sacar el móvil en un momento de desborde emocional y verbalizar lo que sienten puede resultar liberador. Poner palabras al malestar y ver después el vídeo les ayuda a entenderse, a validar que aquello fue real y que estaban sufriendo. Si, además, reciben comentarios de apoyo genuino, puede aumentar la sensación de acompañamiento y reducir el estigma de hablar de salud mental.

Sin embargo, si cada bajón termina automáticamente en un vídeo público, existe el riesgo de que se convierta en una especie de autolesión emocional encubierta. Si la persona se expone una y otra vez a juicios, críticas o miradas indiscretas sin filtro, su vulnerabilidad puede amplificarse. El problema se agrava si empieza a medir su valor en función de likes, visualizaciones o comentarios.

Otra cuestión clave es el «después». Muchos expertos insisten en la importancia del autocuidado tras publicar: no quedarse enganchado leyendo cada respuesta, contar con una red de apoyo fuera de las pantallas y, si es necesario, pedir ayuda profesional. Además, quienes consumen este tipo de vídeos también tienen una responsabilidad: no es su trabajo juzgar cómo gestiona cada cual su dolor. Para algunas personas, llorar ante la cámara forma parte de su proceso de sanación, aunque desde fuera cueste entenderlo.

En definitiva, grabarse llorando no es, por sí mismo, el problema. Lo delicado es cuando se convierte en la única vía para gestionar emociones o cuando se usa de forma manipuladora, ya sea para vender algo o para mantener a otros emocionalmente atrapados en una historia de sufrimiento infinito.

La “depression room”: grabar el caos como espejo de la salud mental

Otro fenómeno que se ha colado con fuerza en TikTok y otras redes es el de la «depression room», o habitación de la depresión. Se trata de vídeos en los que alguien muestra su cuarto completamente desordenado, lleno de ropa acumulada, basura, platos con restos de comida y objetos amontonados hasta que apenas se distingue el suelo o la cama, y graba el proceso de limpieza durante horas para luego resumirlo en un timelapse.

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Usuarios como @dakineaccc escriben cosas del estilo: «Lo que de verdad me ayuda a limpiar mi habitación de depresión es hacer un vídeo para TikTok«. Otros, como @madisonconroy, confiesan que no entienden por qué todo se desmorona y son incapaces de poner orden, mientras que @sumintramona explica cómo la falta de energía asociada a la depresión hace que el desorden se acumule durante semanas.

Más allá del morbo, estos vídeos abren un debate interesante: ¿derriban el estigma en torno a los problemas de salud mental o, por el contrario, normalizan situaciones que requieren atención profesional? Algunos estudios han mostrado que un alto consumo de redes como Instagram se asocia a mayor riesgo de trastornos de conducta, lo que hace que los expertos miren con cautela cualquier tendencia que pueda romantizar el sufrimiento o el abandono personal.

Para personas como Priya Patel, que utiliza TikTok casi como un diario digital, grabar su habitación en ese estado tiene algo de terapéutico. Explica que su cuarto es uno de los espacios donde mejor se han hecho visibles sus problemas de ansiedad y depresión, y que registrar el proceso de limpieza le ayuda a tomar conciencia de su situación y a sentirse menos sola cuando ve a otros en situaciones similares.

La terapeuta y organizadora profesional Kayleen Kelly defiende que enseñar estas realidades sirve para romper los estándares tóxicos de casas perfectas que dominan Instagram y TikTok, llenos de despensas impecables, armarios minimalistas y productos caros de organización. Según ella, cuantos más hogares reales se muestren, con su caos y su acumulación, más fácil será reducir la presión que muchas personas sienten por no estar a la altura de esos modelos imposibles.

Entre la motivación, la presión y el posible efecto contagio

Los vídeos de limpieza de «depression rooms» también tienen una cara más práctica. Kelly comparte contenido en el que explica paso a paso cómo abordar un espacio completamente desorganizado, agrupar por tipos de objetos, decidir qué donar y cómo mantener el orden. En muchos casos, sus clientes logran desprenderse de grandes cantidades de ropa y calzado, y simplemente necesitaban aprender un sistema de organización adaptado a su realidad.

Para algunas personas que luchan con la depresión, ver que alguien consigue pasar de un cuarto inhabitable a un espacio funcional actúa como un chute de motivación. Entre los comentarios de estos vídeos abundan mensajes de apoyo tipo «estoy orgulloso de ti» o «gracias, me inspiras para limpiar mi habitación». Esa comunidad digital ofrece un sentimiento de pertenencia que, bien gestionado, puede ser positivo.

Pero no todo el mundo lo ve tan claro. Expertos como Marc Masip, especializado en adicción a nuevas tecnologías, advierten de que las redes sociales actúan como altavoz y amplificador de muchos problemas de salud mental. El uso excesivo de estas plataformas puede derivar en trastornos de la conducta alimentaria, depresión o fracaso escolar, especialmente cuando el cerebro aún está en desarrollo y las conductas imitativas son muy fuertes.

La facilidad para difundir cualquier contenido hace difícil valorar si estos vídeos sobre desorden y depresión ayudan a hablar de salud mental de forma responsable o si, por el contrario, pueden generar un efecto contagio, normalizando niveles de abandono que quizá requieran intervención profesional. Masip insiste en que no conviene dejar al azar la pregunta de si ciertas conductas son «normales porque son jóvenes» o si hay detrás una patología que necesita ser abordada.

Al mismo tiempo, psicoterapeutas como Kelly recuerdan que hay un vínculo muy fuerte entre acumulación, desorganización y depresión. Cuando alguien está deprimido, le faltan energía, motivación y claridad mental para gestionar su casa y sus pertenencias. El desorden, a su vez, aumenta la ansiedad, genera vergüenza y puede llevar al aislamiento social, lo que empeora todavía más el cuadro. Mostrar estos espacios en redes, si va acompañado de mensajes de apoyo y de la idea de que «se puede salir de ahí», puede ser un primer paso para pedir ayuda.

Redes sociales, adicción y el papel de la audiencia

Los datos apuntan a que una parte importante de los adolescentes hace un uso problemático de las redes sociales. Informes como el de la Asociación Española de Pediatría señalan que alrededor del 40% de los jóvenes tiene un uso problemático, casi un 20% está en situación de riesgo, un 13% abusa de ellas y un 7% presenta signos de dependencia. De media, pasamos cerca de dos horas al día en redes y usamos varias plataformas distintas cada mes.

Este contexto de hiperconexión facilita que cualquier comportamiento llamativo se convierta en tendencia viral en cuestión de horas: desde vídeos de limpieza a retos peligrosos, pasando por prácticas como subirse al exterior de vagones de metro en marcha para grabarse y ganar fama en TikTok o Instagram. En ciudades como Nueva York se han registrado accidentes mortales y detenciones de menores por este tipo de conductas, con atropellos y electrocuciones como causas principales.

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La búsqueda de «el click fácil» y de popularidad puede empujar a algunos adolescentes a imitar comportamientos extremos que ven online, sin calibrar las consecuencias reales. Por eso, los expertos reclaman programas de educación digital y trabajo en valores para que los más jóvenes desarrollen un criterio crítico ante lo que consumen y producen en redes, y aprendan a distinguir entre entretenimiento inofensivo y dinámicas peligrosas o autodestructivas.

Al mismo tiempo, quienes consumimos estos contenidos también tenemos una responsabilidad. Cada comentario, cada visualización y cada compartido alimenta ciertos formatos y narrativas. Si premiamos con atención únicamente lo más extremo, morboso o exhibicionista, es lógico que muchos creadores sientan que deben ir un paso más allá para destacar. Ser conscientes de este mecanismo ayuda a escoger mejor qué apoyamos y qué dejamos pasar.

Los propios adolescentes, en muchos casos, están empezando a darse cuenta de esta cara oscura. Existe cada vez más contenido crítico con la adicción a las redes, la presión de construir una marca personal perfecta o el impacto que todo esto tiene en la autoestima. Pero aún falta que esa conciencia llegue de forma más amplia y se traduzca en límites claros de uso y desconexión, tanto a nivel individual como familiar y social.

La obsesión por grabar conciertos y experiencias intensas

La moda de grabarse no se limita a los momentos tristes o a la intimidad doméstica. También alcanza a las experiencias más emocionantes y felices, como los conciertos multitudinarios. En los shows de artistas como Olivia Rodrigo o Taylor Swift es habitual ver a casi todo el público con el móvil en alto, registrando cada canción, cada saludo, cada gesto.

Muchos fans sienten una mezcla de emoción y angustia: por un lado quieren disfrutar del momento sin distracciones, pero por otro temen olvidarlo y necesitan tenerlo grabado para revivirlo después o compartirlo en historias de Instagram y TikTok. Incluso se ha descrito el fenómeno de la amnesia post-concierto, esa sensación de no recordar bien lo que se vivió debido al nivel de sobreexcitación emocional.

La psicóloga Eva Molero explica que la necesidad de documentar y conservar recuerdos no es nueva, pero las herramientas actuales la han llevado a otro nivel. La memoria humana es limitada y las fotos y vídeos ayudan a evocar sensaciones, sí, pero cuando grabar se convierte en una obligación constante, puede interferir en la vivencia directa. El problema no son las redes en sí, sino el papel que les damos en nuestra vida y hasta qué punto condicionan la forma en la que disfrutamos.

Funcionalidades como las historias de Instagram, con su formato efímero de 24 horas, nacieron precisamente para compartir «al momento» lo que se está viviendo. Hoy, cientos de millones de usuarios suben a diario fragmentos de su día: conciertos, viajes, cenas, entrenamientos… Las redes se convierten en un escaparate donde solemos mostrar lo más llamativo, lo más bonito, lo más envidiable. Esto puede inflar las expectativas y hacer que, cuando finalmente vivimos algo en persona, nos parezca menos espectacular que en pantalla.

Molero señala que grabar no tiene por qué impedir que estemos presentes, siempre que no dependamos emocionalmente de tenerlo todo documentado. Si nuestro estado de ánimo o nuestra autoestima quedan atados a la calidad del vídeo, al número de likes o a si hemos subido o no cierto contenido, entonces sí se vuelve complicado disfrutar sin estar pendientes del móvil.

Algunos creadores de contenido, como la modelo y creadora Carla Huste, se han visto obligados a aprender a manejar este equilibrio. Ella diferencia conscientemente entre momentos de trabajo y de descanso: cuando está con amigos y necesita grabar algo, lo registra y luego se olvida del móvil, dejando para más tarde el proceso de edición y publicación. También subraya que es importante decidir qué partes de la vida se comparten y cuáles se reservan para la intimidad, recordando que lo que se sube a redes pasa a estar en manos de plataformas y de los ojos (y opiniones) de terceros.

Desde esta perspectiva, grabar lo vivido no es algo negativo en sí mismo. Puede ser una forma de comunicar, acercarse a otros y expresar lo que sentimos sin palabras. El punto clave es revisar qué función cumple en cada uno: si el impulso de documentarlo todo nos genera más frustración y ansiedad que bienestar, quizá sea el momento de preguntarnos cómo nos sentimos cuando no fotografiamos o no posteamos algo, y qué dice eso de nuestra relación con la tecnología.

La moda de grabarse para casi cualquier cosa —llorar, limpiar, disfrutar de un concierto o hacer una locura en el metro— resume bien el momento cultural en el que estamos: una época en la que las experiencias parecen existir más cuando están registradas y compartidas. Entender los motivos psicológicos, sociales y económicos que hay detrás, así como los riesgos y oportunidades que conlleva, es clave para poder usar la cámara del móvil como herramienta y no como cadena, manteniendo un mínimo de control sobre qué mostramos, a quién se lo mostramos y, sobre todo, por qué lo hacemos.