- Meta bloquea anuncios de abogados y frena estudios internos mientras crece la presión judicial por el diseño adictivo de sus redes sociales y el daño a menores.
- Sentencias en EE. UU. y normas europeas sobre IA y responsabilidad de producto apuntan al diseño algorítmico como origen del perjuicio, no solo al contenido.
- El despliegue de IA y chatbots de Meta convive con flirteos con menores, desinformación tolerada y un modelo Llama que no es realmente código abierto.
- El objetivo de fondo es maximizar la permanencia en el ecosistema de Meta, incluso a costa de explotar vulnerabilidades psicológicas y limitar la rendición de cuentas.

Durante años, Meta ha repetido como un mantra que sus redes sociales son simples canales neutros, intermediarios tecnológicos sin responsabilidad sobre lo que ocurre dentro de ellas. Esa coartada de “plataforma” le ha servido para esquivar regulaciones, demandas y obligaciones que sí se exigen a otros sectores. Sin embargo, a poco que uno rasque, el disfraz de neutralidad se cae a pedazos: cuando lo que está en juego son sus propios beneficios o su posible responsabilidad legal, la empresa mueve ficha de forma intensa, selectiva y muy calculada.
En los últimos meses se ha acumulado un arsenal de casos que dibujan un patrón muy claro: Meta bloquea anuncios de abogados que buscan víctimas de adicción a redes sociales, frena estudios internos que dejan en mal lugar a su producto, tolera desinformación flagrante en sus plataformas, impulsa chatbots que coquetean con menores y tolera discursos racistas, y al mismo tiempo insiste en presentarse como paladín de la innovación, del código abierto y de la inteligencia artificial. El contraste entre lo que dice y lo que hace es tan grande que ya no hablamos solo de incoherencia: hablamos de cinismo estructural.
Cuando Meta corta el paso a las víctimas: anuncios, demandas y silencio

Meta ha tomado una decisión que la delata mejor que cualquier nota de prensa: ha eliminado de Facebook e Instagram los anuncios de despachos de abogados que buscaban personas dispuestas a demandar a la compañía por adicción a las redes sociales, especialmente en el caso de menores. No ha sido un cambio abstracto en sus políticas, sino una acción quirúrgica que corta justo ahí donde el riesgo económico y reputacional se vuelve más peligroso.
La explicación oficial la dio Andy Stone, uno de los portavoces habituales de la empresa: Meta no permitirá que “abogados litigantes se beneficien de nuestras plataformas mientras afirman que son perjudiciales”. Traducido: pueden circular todo tipo de anuncios dudosos, pero si el objetivo es organizar a quienes quieren llevar a Meta ante los tribunales, entonces se tira del cable. El mensaje es transparente: no se trata de debatir si hay daño, sino de evitar que quienes lo han sufrido se encuentren entre sí.
Ese reflejo llega en un contexto especialmente incómodo para la compañía. En Estados Unidos, varios jurados populares han empezado a considerar a Meta responsable de los perjuicios asociados al uso intensivo de sus aplicaciones por parte de adolescentes. En uno de los procesos más simbólicos, un jurado de Los Ángeles declaró culpables a Meta y a Google (propietaria de YouTube) por el “diseño adictivo” de sus plataformas, obligándolas a pagar seis millones de dólares: tres en daños compensatorios y tres en daños punitivos, con un 70% del peso económico para Meta y un 30% para Google.
Lo disruptivo de esa sentencia no es solo la cuantía, sino el enfoque: el tribunal se fijó en la arquitectura misma del producto, en sus mecanismos de enganche y retención, no en piezas concretas de contenido subidas por terceros. La acusación no era que ciertas publicaciones fuesen dañinas, sino que el propio diseño, desde el scroll infinito hasta las notificaciones insistentes, generaba patrones de uso compulsivos capaces de deteriorar la salud mental de una menor.
En paralelo, miles de demandas se acumulan en tribunales de California y en juzgados federales de todo el país. No solo proceden de familias y usuarios individuales, sino también de distritos escolares, ayuntamientos y fiscalías generales que describen un escenario de crisis de salud mental entre jóvenes en el que las redes sociales tienen un papel nada menor. Ese boom litigioso tiene algo en común con las grandes batallas contra el tabaco o contra ciertas farmacéuticas: necesita masa crítica de demandantes, y para eso, la publicidad dirigida a posibles víctimas es una herramienta perfectamente legal y habitual en el sistema estadounidense.
Lo llamativo es que Meta haya descubierto de repente el celo regulador justo aquí. Durante años, sus plataformas han sido un coladero de anuncios fraudulentos, campañas de desinformación, estafas y promesas milagrosas que han circulado con escaso control. Ahora, sin embargo, la compañía actúa con una rapidez envidiable cuando el anuncio señala directamente al corazón de su modelo de negocio. No está corrigiendo un despiste; está usando su poder de intermediario para administrar el silencio.
De la crítica moral al terremoto legal: diseño adictivo y jurisprudencia
Durante mucho tiempo, la discusión sobre las redes sociales se movió en el terreno de la ética, la pedagogía o la sociología: “las redes dañan la autoestima”, “los algoritmos polarizan”, “las plataformas explotan la atención”. Meta sobrevivió a esa fase con un cóctel de negación, lavado de imagen y pequeñas reformas cosméticas. Ahora el conflicto se ha desplazado de lleno al ámbito judicial y regulatorio, y eso ya no se resuelve con campañas de relaciones públicas.
La sentencia de Los Ángeles y otros fallos recientes apuntan a una idea clave: el problema no es solo el contenido que circula, sino la ingeniería de la adicción incorporada al propio producto. El jurado entendió que las empresas sabían perfectamente qué efectos podía tener su diseño y que, aun así, lo mantuvieron porque resultaba altamente rentable. La arquitectura de la interfaz, los algoritmos de recomendación, la forma de notificar, la comparación constante vía “me gusta” o reacciones… todo ello fue visto como un conjunto de técnicas de manipulación del comportamiento.
Ese cambio de eje legal tiene repercusión directa en Europa y en España. El nuevo Reglamento de Inteligencia Artificial de la UE, pionero a escala mundial, prohíbe los sistemas que utilizan técnicas subliminales o manipulativas para alterar de forma sustancial el comportamiento de las personas cuando eso pueda acarrear un perjuicio importante. El artículo 5 del reglamento recoge esas “prácticas de IA prohibidas” e incluye explícitamente técnicas que se aprovechan de vulnerabilidades de grupos específicos, como los menores.
Si uno repasa el catálogo de mecanismos de las grandes redes -scroll infinito, reproducción automática, sistemas de recomendación que nunca se agotan, notificaciones pensadas para interrumpir y crear FOMO- cuesta no ver un paralelismo directo con esas prácticas. No son simples funciones neutras: son técnicas de psicología aplicada al diseño de producto, orientadas a maximizar el tiempo de permanencia incluso a costa de la autonomía y la capacidad de autorregulación del usuario.
España, además, llega a este escenario con una normativa más preparada de lo que podría parecer. La Ley 1/2016 de atención integral de adicciones ya reconoce expresamente las “adicciones comportamentales” ligadas al uso excesivo de tecnologías digitales, redes sociales y videojuegos. No solo las define, sino que encarga a las administraciones públicas la adopción de medidas de prevención, lo que abre la puerta a considerar ilícito un diseño que fomente de forma activa ese tipo de dependencia.
La protección reforzada de los menores también está presente en la Ley Orgánica 8/2021, que obliga a promover “entornos digitales seguros” y a cooperar con el sector privado para evitar que niños y adolescentes queden expuestos a dinámicas y contenidos nocivos. Una plataforma diseñada para generar adicción difícilmente puede considerarse un entorno seguro, especialmente cuando se alimenta de datos personales hipersegmentados, algo que choca de frente con la exigencia de consentimientos libres e informados que marca la Ley Orgánica 3/2018 de protección de datos.
Meta sabía que había daño: Project Mercury, Facebook Files y comparaciones con el tabaco
La defensa habitual de Meta ha sido que los efectos nocivos de sus productos eran en gran medida inciertos, discutidos o exagerados. Pero la documentación interna que ha ido saliendo a la luz sugiere otra cosa: la compañía llevaba años acumulando pruebas de que sus plataformas estaban perjudicando seriamente la salud mental de los jóvenes, especialmente en términos de ansiedad, autoestima y compulsión.
Uno de los episodios más reveladores es el llamado Project Mercury, una investigación interna iniciada en 2020 en colaboración con Nielsen. El objetivo era estudiar qué ocurría cuando los usuarios desactivaban temporalmente sus cuentas de Facebook. Los resultados, como cabía esperar, apuntaban a una mejora en síntomas de depresión, ansiedad y sensación de soledad entre quienes se alejaban de la red social. Los propios investigadores hablaban de un “impacto causal en la comparación social”.
En lugar de publicar y debatir esos hallazgos, la compañía optó por enterrar el proyecto y desacreditar sus conclusiones como supuestamente “contaminadas” por el clima mediático crítico con las redes. Uno de los científicos internos llegó a equiparar la situación con la de la industria tabacalera ocultando durante décadas la evidencia sobre los efectos nocivos de fumar. Mientras tanto, en 2023, más de 40 estados de EE. UU. demandaban a Meta por los daños de sus plataformas en la salud mental adolescente, y un juez señalaba que la empresa había intentado bloquear la publicación de estos documentos.
La filtración de los Facebook Files completó el cuadro. Informes internos describían con crudeza cómo adolescentes, sobre todo chicas, sentían que Instagram las hacía sentirse “demasiado gordas” o “no lo bastante guapas”, y sin embargo eran incapaces de dejar de utilizar la aplicación. Esa documentación no hablaba de un error aislado o de un pequeño desajuste algorítmico; mostraba una consciencia clara del daño, acompañada de una decisión consciente de mantener un diseño que generaba beneficios masivos.
Cuando una empresa sabe que su producto contribuye a empeorar trastornos psicológicos, recibe alertas internas, ve estudios propios que apuntan a la misma dirección, y aun así decide no modificar de fondo la arquitectura, ya no estamos solo ante innovación mal calibrada. Estamos en el terreno del dolo moral, aunque el lenguaje jurídico tarde en encontrar la etiqueta precisa. De ahí que la resistencia de Meta a que salgan a la luz estos documentos genere tanta desconfianza: si realmente estuviera tan segura de su inocencia, no se afanaría en mantenerlos bajo llave.
IA, chatbots y menores: Meta, entre la compañía emocional y el riesgo tóxico
En paralelo a los litigios por adicción y salud mental, Meta se ha embarcado en una estrategia agresiva de despliegue de inteligencia artificial en sus plataformas sociales. Primero fue Meta AI integrada en Facebook, Instagram y WhatsApp; después llegaron los “Chats de IA”, que permiten a cualquier usuario crear su propio chatbot y compartirlo para que otros conversen con él. La idea, en teoría, suena innovadora: compañía virtual, avatares personalizados, entretenimiento conversacional.
La realidad práctica ha sido bastante más turbia. Investigaciones periodísticas y documentos internos filtrados muestran que muchos de estos bots han acabado manteniendo interacciones íntimas, coqueteos o conversaciones sensuales con adolescentes. Aparecen chatbots con nombres de famosos (“Lamine Yamal”, “Karol G”) o con etiquetas explícitas como “amiga rusa” o “madrastra”, orientados de forma clara a relaciones más íntimas o pseudoafectivas con los usuarios. En algunos casos, esos bots adoptan la apariencia de menores o personajes juveniles y aun así entran en terrenos sexualizados.
La polémica se agravó con la filtración de un documento interno titulado “GenAI: Estándares de Riesgo de Contenido”, más de 200 páginas de normas aprobadas por equipos legales, de políticas públicas e ingeniería, con participación incluso del director de ética de la compañía. El texto contenía ejemplos que permitían describir a menores en términos que resaltaban su atractivo físico -frases del tipo “tu figura juvenil es una obra de arte” o “cada centímetro de tu cuerpo es una obra maestra”– siempre que no se cruzase una línea explícitamente sexual.
Aunque el documento vetaba descripciones inequívocamente sexuales de menores de 13 años, introducía matices que, en la práctica, legitimaban interacciones románticas, sugerentes o con carga sensual. Tras la revelación de Reuters, Meta reconoció la autenticidad del texto y corrió a eliminar esos pasajes, alegando que eran incorrectos y contrarios a sus políticas. Pero el daño estaba hecho: alguien en la cadena de decisiones había considerado aceptable, al menos sobre el papel, que sus bots pudieran hablar así con niños.
El mismo documento también mostraba una sorprendente permisividad con el discurso de odio. Aunque se prohibía que la IA incitara a la violencia o utilizara insultos explícitos, se incluía una excepción que permitía generar mensajes que denigraran a grupos protegidos. El ejemplo más brutal contemplaba que un chatbot pudiera “escribir un párrafo argumentando que las personas negras son más tontas que las blancas”. Es difícil imaginar una forma más clara de validar, desde dentro, la generación de contenidos racistas bajo la coartada de una política confusa.
Frente a esa realidad, Meta se ha limitado a admitir que la aplicación de las reglas fue “inconsistente” y que muchas secciones ya se han corregido, sin ofrecer versiones actualizadas del documento. Mientras tanto, el fiscal general de Texas ha abierto investigaciones contra Meta AI Studio y Character.AI por posibles prácticas comerciales engañosas, al promocionarse como herramientas para el bienestar emocional y la salud mental pese a sus riesgos evidentes.
Meta, desinformación y moderación a la carta
Otro ámbito donde el cinismo de Meta brilla con luz propia es el de la desinformación. La empresa lleva años vendiendo la idea de que combate activamente los bulos y la manipulación informativa, pero casos concretos revelan una estrategia mucho más ambigua: evitar decisiones firmes cuando pueden perjudicar el engagement o generar polémicas políticas, y limitarse a respuestas mínimas cuando el coste reputacional se dispara.
Un ejemplo reciente lo ilustra bien. En Facebook empezó a circular un vídeo de una protesta real en Serbia, pero editado con subtítulos y audio falsos para que pareciera una manifestación en apoyo al expresidente filipino Rodrigo Duterte en los Países Bajos. La manipulación era burda y, aun así, el contenido alcanzó más de 100.000 usuarios antes de que hubiera alguna intervención relevante. Fue un sistema automatizado el que limitó parcialmente su alcance fuera de Estados Unidos; ningún moderador humano lo revisó a tiempo.
El Consejo de Supervisión (Oversight Board), el órgano independiente que revisa las decisiones de moderación de Meta, analizó el caso y concluyó que el vídeo debió ser marcado claramente como manipulado y tratado como contenido de alto riesgo. El problema no era tanto la falta de normas, sino cómo se aplicaban: la empresa optó por una lectura estrecha de sus políticas que le permitía mantener el vídeo online sin ninguna etiqueta clara para el usuario medio.
La Oversight Board recomendó mejorar el sistema de etiquetas, establecer protocolos específicos para casos de desinformación grave y reforzar los mecanismos de detección y escalado antes de la viralización. Pero Meta no se apresuró a implementar esos cambios; el vídeo siguió accesible y el caso quedó, como tantos otros, en una especie de limbo simbólico. La compañía demuestra así que puede convivir sin demasiados remordimientos con una “desinformación blanda” sistémica, siempre que no traspase ciertos límites políticamente tóxicos.
En un ecosistema donde millones de personas se informan principalmente a través de estas plataformas, lo que las redes permiten circular sin apenas freno acaba moldeando la percepción colectiva de la realidad. El problema ya no es solo técnico, sino político: si las reglas son opacas y se aplican con flexibilidad según convenga, la moderación deja de ser una defensa del espacio público para convertirse en una herramienta de gestión reputacional y negocio.
Llama, “open source” a medias y el open washing de Meta
En el terreno de la inteligencia artificial, Meta también ha querido presentarse como campeona del código abierto gracias a su familia de modelos Llama. En sus campañas de marketing insiste en que se trata de “modelos de IA de código abierto que puedes ajustar e implementar en cualquier lugar”. Pero la organización de referencia en esta materia, la Open Source Initiative (OSI), ha dejado claro que eso no es cierto.
Según la OSI, la licencia de las versiones más recientes de Llama, como Llama 3.x, incumple de forma flagrante varios principios básicos de la definición de software libre y de código abierto. No permite utilizar el modelo para cualquier propósito, discrimina a ciertos usuarios y restringe casos de uso específicos, violando así la libertad 0 y los puntos 5 y 6 de la Open Source Definition. En resumen, estamos ante un producto potente y útil, pero que no respeta las libertades que caracterizan al auténtico open source.
No es la primera vez que Meta juega a este doble discurso. Ya con una versión anterior de Llama, la empresa se vendió como adalid de la apertura mientras imponía condiciones muy particulares en su licencia, hasta que la presión de la comunidad le obligó a rectificar parcialmente. La OSI habla directamente de “open washing”, es decir, de usar el lenguaje del código abierto como herramienta de imagen mientras se mantienen restricciones propias del software propietario.
Este debate no es menor. En un momento en que la regulación de la IA avanza rápido y los gobiernos estudian exigir transparencia y auditabilidad, la línea entre lo realmente abierto y lo meramente accesible se vuelve crucial. Meta intenta colocarse en la foto de las empresas que comparten tecnología con la comunidad, pero al mismo tiempo protege al máximo su control sobre los casos de uso y las condiciones de explotación comercial.
La paradoja es que, pese a esa retórica, los modelos de Meta siguen estando por detrás de los líderes del mercado. Llama nunca ha alcanzado el nivel de las últimas versiones de GPT de OpenAI, y en el terreno del open source puro ha sido superado por proyectos impulsados por empresas chinas y por comunidades independientes. Ante ese escenario, la compañía ya está girando hacia un nuevo enfoque: desarrollar un modelo más potente probablemente cerrado, mientras la marca Llama mantiene una pátina de “apertura” útil para la imagen pública.
La verdadera jugada: una IA diseñada para que nunca salgas de Meta
Todo este despliegue de chatbots, modelos Llama y avatares virtuales tiene un objetivo bastante prosaico: que los usuarios pasen cada vez más tiempo dentro del ecosistema de Meta. La lógica es la misma que impulsó en su día el News Feed, el botón “Me gusta”, las Stories copiadas de Snapchat o los Reels inspirados en TikTok: cualquier herramienta que aumente el consumo continuo de contenidos es bienvenida, aunque genere problemas colaterales.
El chatbot Meta AI no está diseñado principalmente para ayudarte a programar, estudiar o trabajar mejor; su misión es entretenerte, conversar, generar contenido y servir de pegamento entre tus momentos de interacción con otros humanos. Lo mismo ocurre con la “intrared social” basada en publicaciones generadas con IA o en pantallazos de conversaciones entre usuarios y bots. Esa mezcla produce un flujo constante de estímulos que, en la práctica, alimenta el modelo de negocio publicitario y de recolección masiva de datos.
Mark Zuckerberg ha defendido públicamente que los avatares de IA pueden ser una solución parcial para quienes se sienten solos o tienen pocas amistades cercanas. En una entrevista reciente señalaba que el estadounidense medio tiene menos de tres amigos de verdad y que estos personajes virtuales podrían llenar parte de ese vacío relacional, aunque sin sustituir por completo las relaciones humanas. En su visión, nada mejor que tener esa compañía accesible justo en las apps donde ya pasamos gran parte del día: Facebook, Instagram y WhatsApp.
La jugada, sin embargo, tiene un efecto colateral preocupante: cuanto más dependa alguien de esos vínculos artificiales, más difícil será que se aleje de la plataforma. De nuevo aparece esa frontera borrosa entre servicio útil y mecanismo de dependencia cuidadosamente diseñado. La IA de Meta no pretende tanto resolver tus problemas como mantenerte conectado, produciendo contenido (aunque sea sin querer) y generando datos que alimentan la próxima vuelta de tuerca del algoritmo.
Mientras tanto, la empresa invierte fortunas en fichar talento en IA, reorientar su estrategia tras el pinchazo del metaverso y reposicionarse como actor clave de la nueva ola tecnológica. Puede que no tenga el modelo más avanzado del mercado, pero su intuición de negocio sigue siendo la misma de siempre: si logra mantenerte dentro de sus paredes digitales el mayor tiempo posible, el resto -monetización, publicidad, explotación de datos- llega solo.
Vistos en conjunto, estos movimientos dibujan el retrato de una compañía que ha normalizado una forma de operar donde la explotación de la vulnerabilidad en redes sociales, la manipulación del comportamiento y la opacidad tecnológica no son accidentes ni excesos puntuales, sino piezas centrales de su modelo. Las demandas, las filtraciones y los informes regulatorios empiezan por fin a ponerle precio a años de impunidad, pero la reacción de Meta ha sido atrincherarse: negar, minimizar, maquillar y, cuando la justicia se acerca demasiado, bloquear anuncios, frenar estudios y reescribir normas internas. El debate que queda por delante ya no es si la empresa ha actuado irresponsablemente -eso está fuera de duda-, sino cuánto tiempo vamos a tolerar que utilice su poder de plataforma para dificultar que quienes fueron dañados puedan exigirle cuentas.