- La escasez estructural de conductores en Europa y España impulsa el interés por los camiones autónomos como solución complementaria.
- La automatización avanzada se concentrará primero en corredores de larga distancia, transformando el rol del conductor hacia tareas de supervisión y gestión.
- El desarrollo del mercado depende de alianzas tecnológicas, electrificación y un marco regulatorio sólido y armonizado.
- Si se gestiona bien, la conducción autónoma puede reducir accidentes y emisiones, aunque un mal despliegue podría incrementar el tráfico y el impacto ambiental.
El camión autónomo se ha colado de lleno en la agenda del transporte por carretera: empresas, reguladores y conductores hablan de él, pero casi nadie lo ve todavía como una realidad cotidiana. La tecnología avanza a toda velocidad, los proyectos piloto se multiplican y las inversiones se cuentan por miles de millones, pero el despliegue masivo aún tardará años. Mientras tanto, el sector vive con una preocupación muy concreta: la escasez estructural de conductores profesionales, que amenaza la competitividad del transporte en Europa y especialmente en España.
En este contexto, los camiones autónomos se perfilan como una solución complementaria más que como una amenaza directa para el empleo. Su promesa no es «despedir camioneros», sino aliviar un déficit de chóferes que ya está afectando a la cadena de suministro, reducir la fatiga al volante, mejorar la seguridad y modernizar la logística. Eso sí, todo condicionado a que la tecnología madure, la regulación se adapte y las empresas consigan reconvertir sus plantillas hacia perfiles más técnicos y digitales.
Escasez de conductores: un problema estructural, no una moda pasajera
La falta de conductores profesionales en el transporte por carretera lleva años siendo una espina clavada para las empresas, y las cifras muestran que no se trata de un bache coyuntural. La International Road Transport Union (IRU) advierte de que Europa podría acumular hasta 745.000 puestos de conductor sin cubrir en los próximos años, un volumen difícil de asumir para un sector que ya hoy soporta tensiones operativas.
En España, el panorama es especialmente delicado: alrededor del 50% de los camioneros supera los 55 años y apenas un 3% tiene menos de 25. Este desequilibrio generacional revela un problema de fondo: no hay relevo suficiente para los veteranos que se jubilan, lo que limita la capacidad de crecimiento de las flotas y pone en cuestión la sostenibilidad futura del transporte por carretera, que mueve más de la mitad de las mercancías del país.
Según estimaciones de la IRU y de asociaciones como Fenadismer, en España ya se registran unas 15.000 vacantes de conductor sin cubrir, es decir, alrededor del 20% de los puestos disponibles. Todo apunta a que esta proporción podría dispararse hasta el 30% en apenas un año si no cambian las cosas, lo que implica más rutas sin servicio, más costes y más estrés para los chóferes que sí están en activo.
En otros países europeos la situación es igual o más grave. Alemania podría acumular unos 150.000 puestos libres; Francia ronda decenas de miles de vacantes; el Reino Unido declaraba ya antes del Brexit un déficit cercano a los 59.000 conductores. En Europa del Este, mercados como Polonia o Rumanía han visto cómo la escasez se disparaba: del 22% al 37% en Polonia y del 50% al 62% en Rumanía en apenas un año, lo que demuestra que la presión es generalizada.
Las causas son bien conocidas, pero no por ello fáciles de resolver. La profesión se percibe como dura y poco atractiva: largas jornadas, turnos de noche, estrés por plazos de entrega, trabajo físico en carga y descarga, dificultad para conciliar vida profesional y familiar, estancias prolongadas lejos de casa y una imagen social que sigue siendo bastante negativa. A eso se suma un salario medio en torno a 2.000 euros mensuales en Europa, que muchos consideran insuficiente para el nivel de sacrificio que exige el oficio.
Además, la baja presencia femenina en el sector -apenas entre un 3% y un 4% de las personas al volante en Europa son mujeres- y una edad media elevada aceleran la sangría de talento. A medida que una oleada de conductores se aproxima a la jubilación, las empresas luchan por captar jóvenes y colectivos infrarrepresentados, pero los resultados, por ahora, son modestos.
Ante este panorama, las patronales y operadores coinciden en que no hay una bala de plata. Hay que actuar en varios frentes a la vez: mejorar la imagen social del oficio, reforzar la seguridad y el confort de los vehículos, dignificar las zonas de descanso, ordenar mejor los tiempos de espera en plataformas, ajustar las políticas retributivas y lanzar campañas específicas dirigidas a mujeres y jóvenes, aprovechando experiencias exitosas en mercados como Estados Unidos.
Camiones autónomos como respuesta parcial a la escasez de chóferes
Con este déficit creciente de personal, los camiones autónomos empiezan a verse como una herramienta para sostener el sistema más que como un competidor directo del conductor humano. La automatización no eliminará de golpe el empleo, pero sí puede aliviar la presión sobre un mercado laboral donde, literalmente, no hay manos suficientes para cubrir todas las rutas.
La idea que manejan empresas y consultoras especializadas es clara: el camión autónomo no va a borrar de un plumazo el oficio de transportista, sino que se integrará de forma progresiva en determinados corredores y operaciones, especialmente allí donde los trayectos son repetitivos, largos y por vías de alta capacidad. Esto permitirá ganar eficiencia, reducir tiempos, minimizar la fatiga y aumentar la seguridad, a la vez que se abre la puerta a nuevos perfiles profesionales.
En la práctica, el despliegue de la conducción autónoma se apoya en distintos niveles de automatización. Hoy en día la mayoría de vehículos pesados en circulación se mueven en niveles 1 y 2, con sistemas ADAS como control de crucero adaptativo, asistencia de mantenimiento de carril o frenada automática de emergencia. Son ayudas valiosas, pero el conductor sigue siendo el protagonista absoluto.
Los usos realmente disruptivos empiezan a llegar con la automatización de nivel 3 y nivel 4. En nivel 3, el sistema puede encargarse de casi toda la conducción en ciertas condiciones, aunque requiere que el humano tome el control ante determinadas incidencias. En nivel 4, el vehículo puede operar de forma autónoma dentro de un dominio operativo concreto -por ejemplo, un tramo de autopista definido- sin necesidad de que el conductor intervenga de manera habitual.
A corto y medio plazo, todo apunta a que los primeros escenarios de nivel 4 se concentrarán en corredores logísticos muy acotados, como rutas de autopista entre centros logísticos (modelo de centro a centro) o entornos controlados como puertos, polígonos industriales grandes y operaciones mineras. De hecho, grandes mineras en países como Australia o EE. UU. ya utilizan camiones totalmente autónomos para transporte interno de materiales, reduciendo accidentes y compensando la falta de mano de obra cualificada.
Ese esquema de «camión autónomo en autopista + humano en primera y última milla» encaja especialmente bien con la escasez de conductores: parte del trabajo monótono y de largo recorrido podría hacerlo el sistema autónomo, mientras los profesionales se centran en maniobras complejas, trato con el cliente, gestión de incidencias y carga/descarga.

Del asiento del camión al centro de control: cómo cambiará el trabajo
Para comprender el impacto real de la automatización en el empleo, conviene recordar que conducir por autovía es solo una parte del trabajo de un transportista. Una ruta típica implica desplazarse hasta el punto de carga, maniobrar por polígonos mal señalizados, gestionar entradas y salidas de plataformas con horarios estrictos, supervisar la carga y descarga, revisar la mercancía y firmar documentación, además de lidiar con atascos, pinchazos, obras, restricciones de tráfico o inclemencias meteorológicas.
En muchos almacenes, sobre todo de empresas pequeñas o medianas, el propio conductor participa activamente en la manipulación de la mercancía: coloca palés, ayuda con traspaleos, organiza el espacio interior de la caja o del remolque, comprueba referencias y cantidades, y se asegura de que los albaranes cuadren. Nada de esto desaparece porque el camión sepa seguir un carril en autopista sin tocar el volante.
Lo que sí va a cambiar es el tipo de tareas principales que desarrollará parte de la plantilla. Muchos expertos prevén una transición donde el conductor tradicional evolucione hacia funciones como supervisor de transporte automatizado, operador remoto de flotas o técnico especializado en sistemas de a bordo. Es decir, menos horas al volante y más tiempo gestionando y monitorizando varios vehículos a la vez.
Surgen así figuras nuevas, muy conectadas con la digitalización del sector. Por un lado, los operadores remotos, que desde centros de control podrán intervenir en situaciones puntuales, gestionar desviaciones de ruta, replanificar entregas ante cortas de carretera o coordinar operaciones en terminales. Por otro, los técnicos de mantenimiento de sistemas avanzados, con capacidad para diagnosticar problemas de sensores, lidar, radares, cámaras, conectividad o software, y realizar ajustes o reparaciones.
A esto se suman perfiles emergentes como los especialistas en ciberseguridad del transporte, cada vez más necesarios a medida que las flotas se vuelven conectadas y expuestas a potenciales ciberataques, o los gestores de plataformas logísticas inteligentes, responsables de sincronizar información en tiempo real sobre tráfico, ocupación de muelles, tiempos de carga y descarga, y ventanas horarias de entrega.
Para que esta transformación no deje a nadie atrás, las empresas deberán apostar en serio por la formación en software logístico, conectividad, inteligencia artificial, análisis de datos y robótica. El capital humano pasará de ser, básicamente, «horas de volante» a convertirse en un factor clave de competitividad mediante conocimientos técnicos y capacidad para operar sistemas complejos.
Trayectos largos, internacional y autopista: donde más se notará el cambio
Las rutas donde el camión autónomo tendrá más impacto inicial serán las de larga distancia por autopista, especialmente en el transporte internacional. Ahí es donde los tiempos de conducción y descanso marcan la rentabilidad del viaje y donde el potencial de ahorro de horas es mayor.
Pensemos en un trayecto tipo: Madrid – Barcelona. Hoy puede resolverse en unas ocho horas de conducción efectiva, con alrededor de hora y media de paradas obligatorias. Un sistema de conducción altamente automatizada podría recortar parte de esos tiempos, aunque seguiría haciendo falta margen para repostar y atender necesidades humanas, así que el impacto sería limitado.
En cambio, en una ruta de larga distancia como Barcelona – Ámsterdam, que actualmente se mueve en el entorno de las 30 horas de viaje por las pausas de sueño y descanso impuestas por la normativa, un camión de nivel 4 que se encargue de la conducción en autopista podría comprimir esa duración hasta unas 18 horas, contemplando paradas técnicas. Esto supone alrededor de un 40% de reducción de tiempo en algunos escenarios, con la posibilidad de que el mismo vehículo haga el viaje de vuelta mucho antes y, en ciertos casos, sin necesidad de contar con dos conductores para turnarse.
Esa mejora en tiempos se traduce en ahorros directos de costes: menos dietas, mejor aprovechamiento de la flota, más recorridos al año y menos necesidad de incrementar plantilla para absorber picos de demanda. No es casualidad que muchas de las pruebas más avanzadas de camiones autónomos en Estados Unidos se estén realizando precisamente en los corredores de transporte más intensivos, como el eje Dallas-Houston o rutas de larga distancia en Texas.
En Europa, iniciativas como el proyecto ENSEMBLE trabajan en pelotones de camiones multimarca -platooning- con grado de automatización alto (nivel 3) que permiten ahorrar combustible y mejorar la seguridad. Estos experimentos se centran en autopistas, donde las condiciones son más predecibles que en entornos urbanos o industriales, y donde la tecnología puede lucir su mejor cara.
No obstante, conviene recalcar que el transporte internacional representa solo una pequeña fracción del total de trayectos de mercancía por carretera -en torno al 1%- y que, además, compite con otras alternativas como el ferrocarril de mercancías. La gran masa de servicios diarios seguirá dependiendo durante mucho tiempo de la conducción humana, aunque equipada con ayudas avanzadas.
Mercado global de camiones autónomos y principales actores
Mientras el sector del transporte debate sobre empleos y regulación, el mercado mundial de camiones autónomos no deja de crecer. Las estimaciones sitúan su valor en torno a 42.910 millones de dólares en 2025, con previsiones de escalar por encima de los 100.000 millones en 2034, impulsado por una tasa anual compuesta cercana al 11%. América del Norte lidera actualmente con cerca del 38% de cuota, gracias a un tejido tecnológico potente y a un entorno relativamente favorable a la experimentación.
Los camiones autónomos combinan inteligencia artificial, sensores avanzados, GPS y mapas, cámaras, radar, LiDAR y ultrasonidos para interpretar el entorno, mantener la trayectoria, anticipar riesgos y tomar decisiones de conducción en tiempo real. Pueden operar en diferentes niveles de autonomía según el software, el hardware y el marco legal de cada país, desde simples asistencias de conducción hasta automatización total en dominios muy controlados.
El empuje del sector se debe a una mezcla de factores: escasez de conductores, presión por hacer entregas más rápidas, necesidad de reducir costes y exigencias crecientes de seguridad. Para superar los desafíos técnicos y operativos, se están tejiendo alianzas entre fabricantes tradicionales de camiones, gigantes de la tecnología y grandes operadores logísticos.
Entre los actores más destacados se encuentran empresas como Waymo, Aurora Innovation, TuSimple, Embark Trucks, Kodiak Robotics, Daimler Trucks y Volvo. Estas compañías están probando y perfeccionando sus plataformas de conducción autónoma con miles de kilómetros de test en condiciones reales y con socios de primer nivel en transporte y logística.
La pandemia de COVID-19 sirvió casi como un banco de pruebas acelerado: las disrupciones en la cadena de suministro y la falta puntual de personal hicieron que muchos miraran con otros ojos a los vehículos autónomos como un modo de mantener las entregas en funcionamiento incluso en escenarios complicados. Firmas como TuSimple o PlusAI continuaron sus pruebas en plena crisis sanitaria, demostrando que la tecnología es resiliente y puede aportar valor en momentos de máxima tensión.
Tendencias clave: alianzas tecnológicas, electrificación y eficiencia
Una de las tendencias más claras del mercado es la creciente colaboración entre fabricantes de camiones, proveedores de tecnología y grandes operadores logísticos. El objetivo es acelerar el desarrollo de soluciones listas para producción y facilitar su implantación a gran escala, repartiendo inversiones y compartiendo know-how.
Un ejemplo ilustrativo es la alianza anunciada por Aurora Innovation con Nvidia y Continental. La idea es integrar la plataforma de computación DRIVE Thor de Nvidia y el sistema operativo automotriz DriveOS en el sistema de conducción autónoma de Aurora, con planes de producción masiva a partir de 2027. Aurora ya trabaja con fabricantes como PACCAR y Volvo y tiene previsto lanzar un servicio de transporte sin conductor en Texas.
Otro caso es la colaboración entre Waabi y Volvo para desarrollar grandes camiones autónomos Volvo VNL equipados con el sistema de conducción virtual de Waabi. Este proyecto incluye pilotos comerciales en Texas ligados a Uber Freight, con el foco puesto precisamente en aliviar la falta de conductores y reducir los costes operativos ampliando las horas de utilización de los vehículos.
A la vez, la electrificación de los vehículos comerciales ejerce una presión adicional sobre el mercado. Regulaciones ambientales cada vez más estrictas -como la norma Euro VII en la Unión Europea- obligan a reducir drásticamente las emisiones de NOx y CO₂ en coches, furgonetas, autobuses y camiones en la próxima década. El resultado es un empuje decidido hacia camiones eléctricos con funciones autónomas avanzadas.
Modelos como el Tesla Semi, equipado con sistemas de conducción automatizada, ya están siendo incorporados por empresas como PepsiCo para reducir su huella de carbono. El interés de los gestores de flotas por vehículos de cero emisiones, combinados con tecnologías autónomas, apunta a una logística más eficiente tanto en costes como en impacto ambiental.
El ahorro de combustible es un argumento muy potente. Estudios como el desarrollado por la Universidad de California en San Diego junto a TuSimple indican que los camiones autónomos pueden recortar el consumo en al menos un 10% frente a los camiones convencionales. Aplicado a toda una flota nacional, esto se traduciría en miles de millones de galones de combustible ahorrados, decenas de miles de millones de dólares menos en costes y una reducción notable de emisiones de CO₂.
Retos regulatorios e interoperabilidad: el gran freno
Si hay un punto en el que todos coinciden, es en que la regulación va por detrás de la tecnología. La ausencia de un marco normativo claro, coherente y armonizado es uno de los principales frenos para que los camiones autónomos salgan del laboratorio y entren en la operativa diaria a gran escala.
En Europa, cada país interpreta de manera distinta cuestiones críticas como responsabilidad civil, estándares de seguridad, requisitos de supervisión humana o validación de software. Esto complica enormemente las operaciones transfronterizas, donde un mismo camión puede verse sometido a reglas diferentes al cruzar una frontera interior de la UE.
En Estados Unidos, la situación tampoco es sencilla: no existe un marco federal totalmente unificado y son los estados quienes marcan gran parte de las reglas. California, por ejemplo, aprobó una ley que exige la presencia obligatoria de un operador humano de seguridad en los vehículos pesados autónomos que circulen por vías públicas, bloqueando en la práctica la circulación de camiones sin conductor en ese territorio.
Estas decisiones, defendidas por sindicatos y parte de la opinión pública como una forma de proteger empleos y garantizar la seguridad ciudadana, chocan con la visión de muchos actores de la industria, que consideran que una regulación demasiado restrictiva puede frenar la innovación y retrasar la llegada de tecnologías que, bien implementadas, podrían ser incluso más seguras que la conducción humana.
Como respuesta, organismos como el Departamento de Vehículos Motorizados de California han empezado a esbozar marcos de pruebas controladas que permiten operar camiones autónomos siempre que haya conductores de seguridad a bordo. El enfoque general es ir integrando la tecnología de forma gradual, con fases de validación intensiva y controles estrictos.
En España, el despliegue también se está articulando en torno a proyectos piloto y ensayos en entornos controlados, con acompañamiento de consultoras y empresas especializadas que ayudan a adaptar plataformas logísticas y naves industriales a futuros modelos operativos más automatizados. Todo ello con la idea de que, cuando la normativa se abra, la infraestructura ya esté preparada.
Segmentación del mercado: niveles, propulsión, tipos de camión e industrias
Si bajamos a la letra pequeña, el mercado de camiones autónomos se estructura en varias capas. Por nivel de autonomía, el grueso del parque actual se sitúa en el nivel 1, que acapara cerca del 88% de la cuota gracias a la expansión de funciones semiautónomas básicas como la ayuda al aparcamiento o las alertas de cambio de carril. El nivel 3, con capacidad para asumir la conducción en condiciones específicas, está creciendo con fuerza, impulsado por pilotos de marcas como Daimler con sus Freightliner Cascadia.
El nivel 4 es donde se concentra la mayor expectativa de transformación: pruebas cada vez más frecuentes en Estados Unidos y Alemania muestran que los camiones pueden operar sin conductor de seguridad en algunos tramos de autopista, y no son pocos los fabricantes -Volvo, Navistar, Ford y otros- que han decidido centrarse directamente en este estadio, dejando en segundo plano el nivel 3.
Por tipo de propulsión, el motor de combustión interna (ICE) sigue dominando ampliamente el mercado, con más del 90% de la cuota en 2026, respaldado por una red de repostaje madura y por su idoneidad para rutas de larga distancia y climas extremos. Sin embargo, los camiones eléctricos son el segmento de más rápido crecimiento gracias a las normativas climáticas y a los programas de incentivos en EE. UU., Europa y China.
En cuanto al tipo de camión, los vehículos ligeros concentran gran parte del volumen, empujados por el auge del comercio electrónico, la logística urbana y las entregas de última milla. Empresas como Gatik o Nuro ya operan flotas autónomas ligeras para gigantes del retail como Walmart, especialmente en trayectos cortos y repetitivos.
Los camiones pesados, por su parte, son los que más atención acaparan en el ámbito de la escasez de conductores, ya que son los que realizan las rutas de largo recorrido. Se espera que este segmento registre una tasa de crecimiento especialmente alta, con hitos como el recorrido de 80 millas totalmente autónomo realizado por TuSimple en Texas sin conductor de seguridad a bordo.
Por industrias, la logística de bienes de consumo y FMCG lidera la demanda de camiones automatizados, con una cuota que supera un tercio del mercado debido al volumen y frecuencia de entregas. Sectores como construcción y minería también muestran un fuerte crecimiento, aprovechando entornos relativamente cerrados para desplegar camiones autónomos con el objetivo de reducir accidentes y suplir la falta de personal cualificado.
Diferencias regionales: Norteamérica, Europa, Asia-Pacífico y resto del mundo
A nivel geográfico, América del Norte marca el paso gracias a su ecosistema de startups, fabricantes y empresas de tecnología. Estados Unidos concentra buena parte de las pruebas, con proyectos que van desde corredores logísticos de larga distancia hasta operaciones en campos petrolíferos. Se calcula que el volumen de automóviles y camiones autónomos en el país podría multiplicarse por varias decenas en la próxima década.
En Asia-Pacífico, la apuesta por los vehículos autónomos -incluidos los camiones- es estratégica. China, Japón, Corea del Sur e India están invirtiendo con fuerza en I+D, fijando objetivos explícitos para liderar la tecnología de conducción autónoma en los próximos años. Empresas chinas como TuSimple (con fuerte presencia también en EE. UU.), Pony.ai o FAW trabajan ya en soluciones comerciales de transporte autónomo.
Europa, aunque más cauta desde el punto de vista regulatorio, también está moviendo ficha. Proyectos financiados por la UE como ENSEMBLE, la obligatoriedad de sistemas avanzados de seguridad en camiones desde 2015 y los ambiciosos objetivos climáticos marcan una hoja de ruta clara hacia vehículos más seguros y limpios. Mercados como Reino Unido, Alemania y Francia concentran buena parte de las iniciativas piloto.
En el resto del mundo -América Latina, Oriente Medio y África- el mercado aún es incipiente, pero los gobiernos empiezan a ver en los camiones autónomos una forma de reducir la dependencia de mano de obra migrante, mejorar la seguridad vial y avanzar hacia economías más digitalizadas. El crecimiento en estas regiones se prevé significativo a medida que caigan los costes y maduren las infraestructuras.
Impacto ambiental y seguridad vial: luces y sombras
El debate sobre camiones autónomos no se limita a empleo y competitividad. También está sobre la mesa su impacto en el medio ambiente y en la seguridad vial. En países como Estados Unidos, el transporte por carretera representa en torno al 27% de las emisiones contaminantes y cerca del 5,75% de las emisiones globales, de modo que cualquier mejora en eficiencia tiene un efecto multiplicador.
La conducción automatizada permite aprovechar mejor sistemas como el control de crucero inteligente y el platooning, que reduce la resistencia aerodinámica cuando varios camiones circulan muy cerca unos de otros. Se han estimado ahorros de hasta un 4,5% de combustible para el camión que va en cabeza y de alrededor de un 10% para los que le siguen, cifras nada despreciables cuando se aplican a flotas de cientos o miles de vehículos.
Además, la automatización puede facilitar diseños de vehículos algo más ligeros, al poder prescindir de ciertos elementos redundantes de seguridad pasiva, siempre que la seguridad activa -la capacidad de evitar accidentes- se vea realmente reforzada por los sistemas autónomos.
En materia de siniestralidad, estudios como los del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) señalan que un parque dominado por vehículos altamente automatizados podría reducir por miles el número de muertos en carretera. En Estados Unidos, algunas proyecciones estiman que con un 90% de vehículos autónomos se podrían evitar hasta 25.000 fallecimientos al año, con un ahorro económico de más de 200.000 millones de dólares.
Sin embargo, hay letra pequeña: si la automatización no viene acompañada de electrificación y de una buena planificación del tráfico, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Organizaciones como Transport & Environment han advertido de que un despliegue masivo e indiscriminado de vehículos sin conductor podría incrementar el tráfico hasta un 150%, generando una especie de «hora punta permanente».
Las razones son evidentes: viajar se volvería más cómodo y productivo -uno podría trabajar, descansar o entretenerse mientras el vehículo conduce-, lo que animaría a más gente a usar el coche o el camión, aparecerían muchos trayectos en vacío (vehículos circulando sin pasajeros o carga para recolocarse) y se reducirían las barreras de acceso al automóvil para quienes hoy no conducen. Eso implicaría más emisiones si esos vehículos siguen siendo de combustión y una mayor presión sobre la infraestructura viaria.
Por todo ello, el consenso que emerge entre expertos es que la automatización debe ir de la mano de la electrificación, la planificación urbana y políticas de movilidad responsables. La prioridad en los próximos años será hacer que los viajes sean no solo más eficientes, sino también más sostenibles en términos ambientales y sociales.
A la vista de todos estos elementos -escasez crónica de conductores, avances tecnológicos, alianzas industriales, desafíos regulatorios y objetivos climáticos-, el futuro del transporte de mercancías por carretera pasará por una convivencia cada vez más estrecha entre humanos y máquinas: conductores con nuevas competencias supervisando camiones cada vez más inteligentes, flotas mixtas de vehículos tradicionales, semiautónomos y de nivel 4, y cadenas logísticas más digitalizadas en las que el factor humano seguirá siendo decisivo, pero con un papel muy diferente al que ha tenido hasta ahora.
