- El asteroide 2020 OO1 es un objeto clase Apollo con un tamaño similar al de un autobús escolar.
- La NASA ha detectado solo el 40% de los NEOs de más de 140 metros debido a limitaciones presupuestarias.
- La misión NEOSM es la apuesta tecnológica para acelerar la detección de amenazas espaciales.
Cuando hablamos de los secretos del cosmos, es normal que nos llame la atención aquello que pasa «cerca» de nosotros. En el vasto océano espacial, existen los llamados objetos cercanos a la Tierra (NEO), que son básicamente rocas espaciales que orbitan el Sol pero que, de vez en cuando, se cruzan en nuestro camino, provocando que los astrónomos estén siempre con la guardia alta.
Para entender esto mejor, hay que saber que existen herramientas y tablas de seguimiento muy precisas que monitorizan estos encuentros. Estas bases de datos registran aproximaciones desde el año 1900 hasta el 2200, filtrando aquellas que tengan una incertidumbre baja para no darnos sustos innecesarios, y analizando variables como el brillo máximo para saber si se pueden ver con un telescopio o si pasan desapercibidos.
El caso del asteroide 2020 OO1

Hablemos de un ejemplo concreto: el 2020 OO1. Este pequeñajo es un asteroide de clase Apollo, lo que significa que su órbita cruza la nuestra. Para que nos hagamos una idea de su tamaño, es más bien insignificante, ya que se estima que mide entre 0,010 y 0,043 kilómetros de diámetro; básicamente, es como si un autobús escolar estuviera flotando por el espacio.
A pesar de su tamaño reducido, su trayectoria es curiosa. Tarda unos 392 días en dar una vuelta completa al Sol, acercándose a él hasta los 0,78 UA y alejándose hasta las 1,31 UA. En cuanto a su cercanía con nosotros, se registró que pasó a unos 669.043 kilómetros de la Tierra en el año 2020, una distancia que, aunque parezca poca en términos astronómicos, es más que suficiente para que no sea considerado un objeto potencialmente peligroso.
Observaciones y accesibilidad espacial

La comunidad científica no lo ha dejado pasar por alto. El Centro de Planetas Menores de la IAU ha utilizado unas 178 observaciones para fijar su órbita, empezando por los datos recogidos el 20 de julio de 2020 y actualizándolos hasta febrero de 2023. Además, si alguien tuviera la ocurrencia de querer visitarlo, el viaje duraría unos 378 días y requeriría un delta-v de 6,687 km/s, que es un esfuerzo menor que el necesario para llegar a la órbita baja terrestre.
El reto de la vigilancia planetaria

Aquí es donde la cosa se pone seria. Desde 1998, el Congreso de EE. UU. pidió a la NASA que rastreara el 90% de los NEOs de más de un kilómetro. Luego, en 2005, subieron el listón pidiendo que rastrearan el 90% de los que miden más de 140 metros para el año 2020. El problema es que, por falta de pasta, solo se ha llegado al 40% de ese objetivo, y a este ritmo tardaríamos otros 30 años en conseguirlo.
Para solucionar este bache, se ha propuesto la misión NEOSM (NEO Surveillance Mission), un telescopio espacial que podría cumplir la meta en solo una década. Sin embargo, el presupuesto de defensa planetaria es una miseria comparado con el gasto total de la NASA, representando menos del 1% de su presupuesto anual, lo que deja claro que necesitamos invertir más en capacidades espaciales para no jugar a la ruleta rusa con el sistema solar.

El seguimiento de rocas como el 2020 OO1 y el impulso de misiones como NEOSM son fundamentales para mapear el espacio cercano, ya que aunque la mayoría de los encuentros son inofensivos, la detección temprana de objetos más grandes es la única garantía real de seguridad para nuestro planeta.
