Desde Windows XP hasta Windows 11: rendimiento, historia y compatibilidad

Última actualización: enero 23, 2026
  • Windows 8.1 destaca como la versión más equilibrada en rendimiento en hardware antiguo, mientras que Windows 11 queda última en muchas pruebas.
  • El consumo de RAM y recursos ha crecido de forma notable, haciendo casi imprescindible contar con 16 GB de memoria para un buen uso de Windows 11.
  • Desarrolladores veteranos de Microsoft piden un “momento XP SP2” para priorizar estabilidad y optimización frente a nuevas funciones e IA.
  • Windows 10 y 11 mantienen una robusta capa de compatibilidad, pero con límites claros para software muy antiguo y drivers desfasados.

Evolución de Windows desde XP hasta Windows 11

Si has pasado de Windows XP a Windows 11 probablemente tengas la sensación de que, pese a tener un PC mucho más potente, el sistema operativo se mueve más pesado que hace años. Y no vas desencaminado. A lo largo de más de dos décadas, Windows ha ido ganando funciones, capas visuales y, también, lastre en forma de consumo de recursos y procesos en segundo plano.

En paralelo, muchos usuarios siguen aferrados a Windows 10 o incluso a versiones anteriores porque no terminan de ver clara la migración a Windows 11. Entre requisitos más estrictos, integración masiva de servicios en la nube e inteligencia artificial, y una sensación generalizada de menor agilidad, no faltan argumentos para el debate. Un experimento reciente que compara desde Windows XP hasta Windows 11 en el mismo hardware vuelve a poner el dedo en la llaga.

Del fin de Windows 10 a la prueba extrema: seis Windows en el mismo portátil

Comparativa de rendimiento entre versiones de Windows

Con el anuncio del fin de soporte de Windows 10, millones de usuarios se han visto en la tesitura de elegir entre quedarse en un sistema sin parches de seguridad, saltar a Linux o aceptar el paso a Windows 11 un poco “por obligación”. Solo quienes dependen de ediciones especiales, como Windows 10 LTSC o versiones con seguridad extendida, pueden estirar algo más la vida de este sistema.

En este contexto ha cobrado fuerza un vídeo del canal TrigrZolt, donde se comparan Windows XP, Vista, 7, 8.1, 10 y 11 utilizando el mismo equipo para todos, con el fin de valorar qué ha pasado con el rendimiento en 25 años de evolución. El objetivo no es solo ver cuál arranca antes, sino también qué versión es más rápida en tareas reales y cuál exprime mejor un hardware modesto.

Para que la comparativa fuera lo más justa posible, el creador del vídeo utilizó seis portátiles Lenovo ThinkPad X220 idénticos, un modelo veterano pero muy popular, con estas especificaciones: Intel Core i5-2520M, 8 GB de RAM, GPU integrada Intel HD 3000 y disco de 256 GB (HDD mecánico). Nada de SSD ni equipos modernos: el banco de pruebas es deliberadamente “viejo”.

Además, todas las versiones de Windows se encontraban totalmente actualizadas antes de las pruebas, evitando así sesgos por parches pendientes o configuraciones desfasadas. Con estos mimbres, la pregunta era clara: ¿ha mejorado realmente Windows en rendimiento con los años o simplemente se apoya en que el hardware actual es infinitamente más potente?

El vídeo original, disponible en YouTube bajo el título “7VZJO-hOT4c”, deja claro desde el principio que se trata de un experimento “poco científico”, pero aun así los resultados son lo bastante consistentes como para apuntar tendencias muy llamativas.

Arranque, espacio en disco y RAM: Windows 8.1 se corona en un terreno inesperado

Rendimiento de Windows XP hasta Windows 11

La primera prueba se centra en el tiempo de arranque del sistema, uno de los aspectos que mejor reflejan la optimización general del sistema operativo. Aquí es fácil pensar que el ganador sería Windows XP, por ser más ligero, o Windows 10, por hallarse más “maduro”. Sin embargo, la realidad es que el que sale en cabeza es Windows 8.1.

La clave está en la función de “Arranque rápido”, introducida con Windows 8 y refinada en 8.1, que básicamente guarda parte del estado de la RAM en el disco para acelerar los encendidos posteriores. Al combinar este truco con un sistema que aún no arrastra tantas capas y servicios como Windows 10 u 11, el resultado es un inicio visiblemente más veloz que el del resto de versiones probadas.

En este mismo test, Windows 10 queda bien posicionado, y en la práctica se sitúa muy cerca de Windows XP en cuanto a tiempo de arranque, al menos en este hardware concreto. Detrás se sitúan Windows 7 y Windows Vista, penalizados por carecer de un arranque híbrido y por tener ya una base más pesada.

La sorpresa negativa se la lleva Windows 11, que termina ocupando el último puesto en la prueba de inicio. Aunque logra mostrar el escritorio con relativa rapidez, tarda bastante más en tener cargada la barra de tareas y los elementos interactivos, de modo que el usuario percibe el sistema como “lento en despertarse”, algo que muchos ya han comprobado en su día a día.

Si pasamos al terreno del espacio de almacenamiento ocupado por el sistema y las aplicaciones usadas en el test, la foto es distinta pero no menos reveladora. El Windows más frugal vuelve a ser Windows XP, que se conforma con aproximadamente 18,9 GB, una cifra muy modesta para los estándares actuales.

Entre las versiones modernas, el sistema que mejor equilibra funciones y huella en disco es otra vez Windows 8.1, que se mantiene en torno a los 27,9 GB. Por encima encontramos Windows 10, Windows Vista y Windows 11, todos ellos rondando los 37 GB, con un empate práctico en uso de disco.

El farolillo rojo en consumo de almacenamiento lo ostenta Windows 7, que en esta comparativa alcanza los 44,6 GB, convirtiéndose en la versión que más espacio se reserva por defecto tras la instalación y configuración de pruebas.

Si hablamos de memoria RAM tras el arranque, el patrón se repite: los sistemas antiguos son más ligeros, pero aquí destaca de nuevo un “viejo conocido”. Windows XP gana con mucha diferencia, usando apenas 0,8 GB de memoria al estar en reposo. Muy cerca, y de nuevo en un papel sobresaliente, Windows 8.1 queda segundo con unos 1,3 GB utilizados.

El resto de versiones se van escalonando: Windows 7 consume alrededor de 1,4 GB, Windows Vista se sitúa en torno a los 1,5 GB, Windows 10 sube ya a unos 2,3 GB y, en la cola, Windows 11 se dispara hasta los 3,3 GB solo para estar encendido y con el escritorio cargado.

Multitarea, batería y rendimiento en programas reales: el tropiezo de Windows 11

Más allá de arrancar el sistema y medir la RAM, el experimento pasa a un escenario que refleja mejor la experiencia diaria: la multitarea con decenas de pestañas de navegador. Para poder ejecutar un mismo navegador en todas las versiones, se usa Supermium, un fork de Chromium compatible con sistemas antiguos.

La prueba consiste en abrir tantas pestañas como sea necesario hasta agotar aproximadamente 5 GB de RAM dedicados al navegador. Lo llamativo es que Windows 11 vuelve a quedar el último en esta métrica, colapsando a las 49 pestañas abiertas. Windows XP también se queda muy atrás con unas 50 pestañas, probablemente por la forma en que gestiona la memoria virtual más que por falta de RAM bruta.

El resto de sistemas, sin embargo, aguantan muchísimo mejor el tipo. Todas las versiones intermedias llegan a superar holgadamente las 100 pestañas, algo que en el día a día se traduciría en poder manejar varias apps y muchas webs a la vez sin caídas drásticas de rendimiento.

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La sorpresa vuelve a darla Windows 8.1, que se encumbra como el mejor en este apartado: el portátil con esta versión es capaz de alcanzar la impresionante cifra de 252 pestañas antes de que la memoria se dé por vencida, una demostración clara de eficiencia a la hora de gestionar recursos limitados.

En la prueba de duración de batería, los resultados no presentan diferencias abismales, pero sí son lo suficientemente consistentes como para dejar claro el orden. Windows XP se lleva la victoria por unos pocos minutos, mientras que Windows 11 vuelve a caer al último puesto. La distancia total entre ambos es mínima (apenas unos 2 minutos de diferencia), pero el patrón de “Windows 11 cerrando la tabla” se repite.

Cuando se pasa a tareas de productividad y creación de contenido, el comportamiento de cada versión de Windows sigue una línea similar. En la exportación de un archivo de audio con Audacity, Windows 11 termina en la quinta posición, solo por delante de una de las versiones anteriores, confirmando que no brilla en cargas puntuales en este hardware.

En cambio, al exportar un vídeo, es Windows 10 el que se sitúa como líder en velocidad, evidenciando que, pese a su edad, sigue bastante afinado para flujos de trabajo exigentes en procesadores de su generación.

En pruebas más cotidianas, como la apertura de programas y herramientas del sistema, Windows 11 vuelve a salir mal parado. El tiempo para abrir el Explorador de archivos lo deja en último lugar, y algo similar sucede al lanzar MS Paint, donde nuevamente es la versión más moderna la que necesita más tiempo para reaccionar en este equipo.

Cuando se mide la carga de páginas web y reproducción de vídeo en el navegador, Windows 11 también cae al fondo de la clasificación. En la apertura de vídeos y carga de sitios, incluida la propia página de inicio de sesión de Microsoft, la versión más reciente de Windows resulta ser la más lenta, al menos en este portátil sin SSD ni hardware de última generación.

Benchmarks sintéticos: resultados dispares, misma conclusión

El experimento incluye también una batería de benchmarks sintéticos para medir el rendimiento bruto de la CPU, la memoria y el disco bajo distintas versiones del sistema Operativo. Aunque el hardware es el mismo, los resultados varían según cómo cada Windows gestiona procesos, drivers y prioridades.

En el test de CPU-Z en modo mononúcleo, la que sale ganando es Windows XP, lo que encaja con la idea de que un sistema más ligero y con menos servicios en segundo plano permite aprovechar mejor los ciclos de CPU en tareas de un único hilo.

Cuando la prueba gira a CPU-Z multinúcleo, el liderazgo pasa a Windows 7, que logra un equilibrio interesante entre modernidad y carga de fondo. El scheduler y la gestión de hilos de esta versión parecen sacar un poco más de jugo al viejo Core i5-2520M.

En Geekbench, una de las herramientas más extendidas para medir rendimiento general, es Windows Vista el que se hace con la mejor puntuación, algo que a muchos puede sorprender dada su mala fama, pero que pone de relieve que, en su momento, tenía una base técnica bastante sólida aunque empañada por problemas de drivers y consumo.

Cuando se evalúa el rendimiento del disco con CrystalDiskMark, el ganador vuelve a ser Windows XP, lo que sugiere que el sistema antiguo impone menos sobrecoste a la hora de leer y escribir datos en un HDD mecánico.

En la prueba de Cinebench, centrada en el rendimiento de la CPU para renderizado, el primer puesto lo ocupa Windows 8.1, reforzando su papel de gran tapado: no solo arranca rápido y gestiona bien la RAM, sino que además rinde muy bien en tareas pesadas en este tipo de equipo.

Como nota final, en las pruebas de CPU-Z de un solo hilo bajo Windows 11, este sistema queda de nuevo en la parte baja de la tabla, confirmando que, en hardware modesto, ni siquiera en cargas de cálculo puro logra destacar.

Windows 8.1: el inesperado ganador… pero sin recomendación de uso

Juntando todas las pruebas (arranque, espacio ocupado, RAM, multitarea, batería, apps reales y benchmarks), el creador del experimento saca una conclusión clara: Windows 8.1 es el sistema que mejor se comporta en conjunto sobre estos Lenovo X220. No es el líder absoluto en todo, pero sí el más equilibrado a nivel global.

Sin embargo, esto no significa que el youtuber recomiende usar Windows 8.1 en 2026 como sistema principal. Esta versión ya no cuenta con soporte oficial, siendo un producto retirado por Microsoft, lo que la deja sin actualizaciones de seguridad y la convierte en una opción arriesgada para navegar o trabajar conectado a Internet.

También hay que recordar que todas las pruebas se han realizado en portátiles antiguos sin SSD, lo que cambia mucho la película. Windows 10 y, sobre todo, Windows 11 están pensados para sacarle partido a SSD NVMe, CPUs recientes y 16 GB o más de RAM. En un PC moderno, la situación se equilibra a su favor y muchos de sus problemas de lentitud se disimulan por pura fuerza bruta del hardware.

El propio autor del vídeo insiste en que se trata de un ensayo “poco científico” y que no debe tomarse como verdad absoluta. Aun así, sirve como termómetro para medir hasta qué punto el software actual se apoya en tener recursos de sobra en lugar de cuidar cada ciclo de CPU y cada mega de RAM como ocurría décadas atrás.

Los resultados también subrayan un hecho preocupante: Windows 11 se comporta como un auténtico devorador de memoria. Aunque Microsoft indique en su documentación oficial que 4 GB de RAM son el mínimo, la práctica demuestra que incluso con 8 GB el sistema va justo. En un contexto en el que muchos fabricantes lanzan portátiles de gama media con 8 GB soldadas sin posibilidad de ampliación, esta realidad debería hacer saltar las alarmas.

La recomendación implícita que deja el experimento es que, si piensas comprar un equipo nuevo con Windows 11, te plantees muy en serio exigir al menos 16 GB de RAM, especialmente si lo vas a usar para trabajar con varias aplicaciones a la vez o tener muchas pestañas de navegador abiertas.

Un llamamiento desde dentro de Microsoft: “momento XP Service Pack 2”

La crítica al rumbo de Windows no viene solo de usuarios y youtubers. Uno de los mensajes más contundentes ha llegado de alguien que conoce el sistema por dentro: Dave W. Plummer, histórico desarrollador de Microsoft y uno de los padres del propio Administrador de tareas de Windows.

Plummer ha pedido abiertamente a Microsoft que se plantee un “momento XP Service Pack 2” para Windows 11. Con esta expresión se refiere a la decisión que tomó la compañía a principios de los 2000, cuando Windows XP estaba plagado de agujeros de seguridad y la aparición de gusanos como Blaster obligó a replantear el camino.

En aquella época, Microsoft decidió parar el desarrollo de nuevas funciones “vistosas” y centrarse durante meses únicamente en corregir bugs, reforzar seguridad y estabilizar el sistema. El resultado fue el famoso Service Pack 2 de Windows XP, que pasó de ser una simple actualización a convertirse en una auténtica operación de rescate que cambió la percepción del sistema operativo.

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El propio Plummer lo resume en una frase contundente: dejaron de intentar “aportar valor” con características que los jefes de proyecto creían que gustarían a los usuarios, para concentrarse en las cosas importantes de toda la vida que se habían ido dejando de lado. En su opinión, Windows 11 necesita exactamente ese tratamiento.

La idea no es exclusiva de Microsoft. En el universo Apple, muchos usuarios llevan años reclamando un nuevo “momento Snow Leopard”, en referencia a la versión de macOS centrada casi únicamente en rendimiento y estabilidad, sin grandes fuegos artificiales en cuanto a novedades visibles. Los rumores señalan que Apple podría retomar este enfoque en iOS 17/18, y la comparación con la situación de Windows es inevitable.

La propia Microsoft parece haber tomado nota en parte. El actual responsable de Windows, Pavan Davuluri, reconoció recientemente que la compañía tiene que mejorar la experiencia, tras la tibia recepción de su idea de un “Windows agéntico” volcado en la inteligencia artificial. Davuluri admite haber visto muchas quejas sobre fiabilidad, rendimiento y facilidad de uso, y que son puntos en los que deben centrarse.

Parchear frente a optimizar: el caso del Explorador de archivos

Uno de los ejemplos más comentados del enfoque actual de Microsoft es la solución adoptada para la lentitud del Explorador de archivos en Windows 11. En lugar de aligerar el código, eliminar dependencias innecesarias o revisar la interfaz, la compañía optó por una vía más sencilla: precargar el Explorador en memoria RAM durante el inicio del sistema.

Con esta medida, en teoría, el Explorador se abre antes cuando el usuario hace clic, ya que buena parte de sus componentes se han cargado de antemano. Pero el precio es evidente: se consumen recursos desde el arranque, incluso si el usuario todavía no piensa abrir ninguna ventana del Explorador.

Figuras de peso como Steven Sinofsky (clave en la optimización de Windows 7) o Tim Sweeney (CEO de Epic Games) han criticado duramente esta estrategia, calificándola poco menos que de chapuza en una época dominada por SSD NVMe rapidísimos. La sensación es que, en lugar de hacer el trabajo duro de limpiar y simplificar el sistema, se está optando por echar más leña al fuego del consumo de recursos.

Para muchos expertos, esta filosofía refleja una cierta pérdida de cultura de optimización en el desarrollo de software: con máquinas cada vez más potentes, ya no existe la “obligación” de exprimir cada ciclo de reloj y cada megabyte de RAM. Se asume que el hardware moderno lo compensará todo, hasta que aparece un experimento como el del ThinkPad X220 que muestra lo vulnerable que es esta lógica.

Al igual que XP tuvo que blindarse para sobrevivir a la irrupción masiva de Internet, la tesis de Plummer es que Windows 11 debe aspirar primero a ser fluido, estable y respetuoso con el hardware del usuario antes de intentar convertirse en un sistema “inteligente” repleto de asistentes y agentes de IA. Como él mismo dice, la meta inicial debería ser que el sistema “deje de apestar”.

De Windows 1.0 a Windows 11: una evolución llena de aciertos y tropiezos

Para entender cómo hemos llegado a este punto, ayuda repasar rápidamente la historia de las versiones de Windows, desde sus inicios en los años 80 hasta la actualidad, porque muchas decisiones de diseño y compatibilidad arrastran consecuencias hasta hoy.

El viaje comienza con Windows 1.0 (1985), una capa gráfica sobre MS-DOS que introducía, por primera vez, una interfaz con ventanas, aunque estas no podían solaparse: se veían una al lado de la otra. Incluía aplicaciones que aún hoy nos suenan, como Bloc de notas, calculadora, reloj y calendario, e incluso el juego Reversi. Era primitivo, pero marcó el inicio de la interacción gráfica con el PC que conocemos.

En Windows 2.0 (1987) se añadió el soporte para ventanas superpuestas y multitarea, se siguió apoyando en MS-DOS y se abrieron las puertas a aplicaciones como Word y Excel. Aunque no tuvo una adopción masiva, puso los cimientos para que Windows se convirtiera en algo más que un simple añadido sobre el sistema de comandos.

Con Windows 3.0 (1990) llegó un rediseño visual y, sobre todo, la sustitución del clásico ejecutable de MS-DOS como interfaz principal por herramientas como el Administrador de programas, el Administrador de archivos y la Lista de tareas. También aparecieron Paint y el legendario Solitario, y se introdujo soporte básico para audio, haciendo el sistema mucho más atractivo.

La versión Windows 3.1 (1992) refinó este camino con nuevas fuentes como Times New Roman y Arial, iconos más cuidados y soporte para arrastrar y soltar. Reemplazó Reversi por el mítico Buscaminas y elevó los requisitos mínimos a un procesador Intel 80286 y 1 MB de RAM, algo que hoy suena casi a chiste pero en su momento era relevante.

El salto verdaderamente importante a nivel arquitectónico vino con Windows NT 3.x (1993), cuando Microsoft convirtió Windows en un sistema operativo completo de 32 bits basado en el kernel NT, capaz de funcionar en hardware como Intel x86, DEC Alpha o MIPS. Requería 12 MB de RAM y una tarjeta VGA, e incorporaba herramientas como el Monitor de rendimiento y el Administrador de discos. Esta línea NT es, en esencia, la base de los Windows actuales.

Con Windows 95 y Windows NT 4.0 (mediados de los 90) llegó el gran cambio de cara: la aparición de la barra de tareas y el menú Inicio, el reemplazo del Administrador de archivos por el Explorador de Windows, y la introducción de elementos ya familiares como la Papelera de reciclaje y la carpeta “Documentos”. También se estrenaron características como Autorun para CDs y, poco después, el propio Internet Explorer.

Windows 98 pulió la propuesta anterior, integrando mejor el navegador en el sistema y sumando aplicaciones como Outlook Express o Microsoft Chat. Añadió detalles de interfaz como la posibilidad de minimizar ventanas al estilo actual y mejoró el soporte de hardware, lo que lo convirtió en un éxito popular.

La transición hacia el año 2000 vino marcada por Windows Me y Windows 2000, versiones paralelas basadas en MS-DOS y NT respectivamente. Windows 2000 heredó muchas funciones de Windows 98, pero las reforzó con características de accesibilidad (teclado en pantalla, narrador) y herramientas de administración como la consola de administración de equipos, el administrador de discos y el desfragmentador. En diseño introdujo sombras, transparencias y notificaciones en la barra de tareas, además de actualizar Windows Media Player y estrenar Windows Movie Maker.

El gran salto para el usuario doméstico llegó con Windows XP, lanzado en 2001 (y consolidado en 2003). Este sistema abandonó por completo la base MS-DOS para utilizar únicamente el núcleo NT, y ofreció una interfaz colorida e icónica con su famoso fondo de escritorio. Integraba muchas más funciones y aplicaciones de serie, y sobre todo proporcionaba un rendimiento y una estabilidad muy superiores a sus predecesores. No es casual que muchos lo consideren el mejor Windows de la historia.

Tras XP apareció Windows Vista (2007), probablemente una de las versiones más polémicas. Apostó por un diseño muy vistoso con transparencias, animaciones y el efecto Aero, pero pecó de consumir demasiados recursos y de introducir un Control de Cuentas de Usuario extremadamente intrusivo, con avisos constantes. Aunque muchos de sus problemas se corrigieron posteriormente, su reputación quedó dañada para siempre.

Windows 7 (2009) llegó como el salvavidas para quienes habían quedado desencantados con Vista. Conservó la estética general, pero refinó la barra de tareas con el “Inicio rápido”, iconos sin texto y una gestión de ventanas más cómoda. Presentó numerosas mejoras de rendimiento, una versión renovada de Windows Media Player y requisitos de hardware razonables. Para muchos, fue el verdadero sucesor espiritual de XP.

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Con Windows 8 (2012) Microsoft intentó adelantarse a la era táctil, con una interfaz tipo “Metro” basada en mosaicos, pensada para pantallas táctiles. Dividió completamente a los usuarios: algunos apreciaron la frescura, mientras que otros odiaron la desaparición del menú Inicio tradicional. Introdujo la Tienda Windows, un nuevo Explorador con cinta y la integración de OneDrive, pero obligaba a usar apps a pantalla completa o en mosaicos rígidos, limitando la multitarea clásica.

Windows 8.1 (2013) intentó corregir el tiro con una actualización gratuita que mejoró la usabilidad, reintrodujo elementos más cercanos al escritorio clásico, añadió mejoras para multimonitor y aflojó algunas de las decisiones más polémicas de Windows 8, manteniendo, eso sí, sus virtudes en rendimiento.

Windows 10 (2015) supuso un regreso a una interfaz más familiar, recuperando el menú Inicio clásico combinado con mosaicos. Inauguró el modelo de “Windows como servicio”, con actualizaciones frecuentes que ampliaban funciones y características, y trajo innovaciones como el modo oscuro. Fue, en general, muy bien recibido y se convirtió en el sistema dominante, equilibrando compatibilidad con aplicaciones clásicas y modernas.

Finalmente llegamos a Windows 11 (2021), que plantea una interfaz renovada de arriba a abajo, con la barra de tareas centrada, esquinas redondeadas y rediseño de casi todas las apps preinstaladas. El salto ha venido acompañado de requisitos de hardware mucho más exigentes (TPM 2.0, CPUs recientes), lo que ha dejado fuera a muchos PCs relativamente modernos. Aunque el sistema se ofrece como actualización gratuita para los compatibles y seguirá recibiendo grandes actualizaciones anuales, su acogida ha sido dispar por esa mezcla de mayor exigencia y sensación de menor optimización en equipos modestos.

Compatibilidad hacia atrás: ejecutar programas de XP en Windows 10 y 11

Uno de los desafíos de mantener viva toda esta historia es la compatibilidad con software antiguo. A lo largo de los años, Windows ha ido cambiando APIs, modelos de drivers y políticas de seguridad, lo que hace que algunos programas diseñados para XP o incluso versiones anteriores se nieguen a funcionar en equipos actuales sin hacer algún truco.

Un ejemplo claro fue la aparición del Service Pack 3 de Windows XP, que llegó a ser requisito mínimo para ejecutar muchos programas. Algo parecido ha ocurrido con ciertas builds de Windows 10, donde algunas aplicaciones modernas exigen versiones específicas del sistema para poder arrancar.

Sin embargo, desde los tiempos de XP existe una pieza clave poco conocida: la capa de compatibilidad de Windows. Gracias a ella, es posible ejecutar muchos programas antiguos en Windows 10 y 11 sin recurrir a máquinas virtuales. No funciona en el 100% de los casos, pero puede sacarte de un apuro en más de una ocasión, especialmente con juegos clásicos y software de nicho.

En la práctica, Windows 10 y 11 ofrecen retrocompatibilidad oficial hasta Windows Vista. Aunque XP queda fuera en teoría, muchas aplicaciones pensadas para XP se ejecutan sin problemas si se ajusta el modo de compatibilidad adecuado, en ocasiones indicando que el programa se ejecute como si estuviera en Windows Vista o XP SP3.

El procedimiento básico consiste en localizar el ejecutable o acceso directo del programa, abrir sus propiedades con el botón derecho y entrar en la pestaña de Compatibilidad. Desde ahí se puede marcar la opción “Ejecutar este programa en modo compatibilidad para” y elegir una versión anterior de Windows en el desplegable, como Vista, Windows 7 o incluso XP SP3.

Además, pueden activarse opciones adicionales como “Ejecutar como administrador”, deshabilitar optimizaciones de pantalla completa o ajustar la profundidad de color, detalles que en algunos juegos antiguos marcan la diferencia entre que arranquen o no. Si no se sabe qué configuración usar, el propio asistente de compatibilidad de Windows permite “Probar la configuración recomendada”, lo que automatiza en parte el proceso.

Gracias a este sistema se pueden “resucitar” títulos como Age of Empires II en su edición original, que suele dar muchos problemas en Windows modernos. Configurando compatibilidad con XP SP3, color de 16 bits y desactivando las optimizaciones de pantalla completa, se consigue que vuelva a ser jugable.

Lo mismo ocurre con Diablo II, muy ligado a DirectX 8 y a resoluciones fijas. Estableciendo compatibilidad con Windows 98 o XP SP3 y limitando la resolución a 800×600, el juego vuelve a funcionar razonablemente bien.

Otro ejemplo clásico es Fallout 2, un juego de 1998 que depende de tecnologías obsoletas y tiene serios problemas en Windows modernos. En este caso se puede recurrir a la compatibilidad con Windows 95 o 98 y a parches comunitarios adicionales para ajustar velocidad y resolución.

No solo los juegos se benefician de esta función. Programas como Adobe Photoshop en sus versiones CS2-CS5 presentan conflictos con drivers modernos y necesitan una capa de compatibilidad para funcionar. Configurándolos con modo XP SP3, deshabilitando temas visuales, ejecutándolos como administrador y, en algunos casos, limitando el color a 16 bits, es posible seguir utilizándolos en Windows 10 o 11.

Eso sí, este sistema tiene limitaciones importantes. Windows 10 y 11 ya no incluyen el componente NTVDM (NT Virtual DOS Machine), que permitía ejecutar programas de 16 bits y aplicaciones pensadas para Windows 3.x o MS-DOS. Estos programas simplemente no pueden ejecutarse de forma nativa en Windows modernos, haya o no modo de compatibilidad.

También hay que tener en cuenta que los drivers antiguos diseñados para XP, Vista o 7 suelen ser incompatibles con 10 y 11 aunque se active el modo de compatibilidad. Esta capa afecta fundamentalmente a las aplicaciones de usuario, no a los controladores de dispositivo, que necesitan versiones específicas para cada sistema.

A esto se suman las mayores restricciones de seguridad de los Windows actuales. Muchos programas viejos intentan escribir en zonas protegidas del sistema, acceder al registro sin miramientos o manipular carpetas restringidas. El modo de compatibilidad no anula estas protecciones, por lo que en ocasiones el software puede fallar o cerrarse sin remedio.

Además, si el programa depende de librerías muy antiguas (Visual Basic 6, DirectX 9, versiones específicas de .NET Framework), es posible que no arranque bien sin instalar cuidadosamente dichas dependencias. Las aplicaciones que usan modos gráficos obsoletos o DirectDraw también pueden mostrar fallos visuales o no abrirse.

Cuando el modo de compatibilidad no es suficiente, la alternativa pasa por recurrir a máquinas virtuales con Windows XP o Windows 7, o a emuladores como DOSBox para software de MS-DOS y Windows 3.x. No es tan cómodo como hacer doble clic en el escritorio actual, pero garantiza un entorno en el que los programas se comportan como esperaban.

Todo este entramado de capas, trucos y soluciones ilustra muy bien un punto clave: cuanto más complejos y pesados se vuelven los sistemas operativos, más difícil resulta mantener compatibilidad, ligereza y rendimiento al mismo tiempo. El experimento con el ThinkPad X220 y las advertencias de veteranos como Dave Plummer apuntan en la misma dirección: convendría que una futura gran actualización de Windows volviera a poner en el centro la optimización, la eficiencia y el respeto por el hardware del usuario, en lugar de confiar únicamente en que el próximo PC tendrá más núcleos y más gigas de RAM que el anterior.

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