Capital social de una empresa: qué es y cómo calcularlo

Última actualización: febrero 10, 2026
  • El capital social es la suma de aportaciones de los socios, determina su participación y actúa como garantía frente a terceros.
  • Se integra en el patrimonio neto junto con reservas y resultados, y se relaciona con la ecuación Activo – Pasivo = Patrimonio neto.
  • La ley fija capitales mínimos para SL y SA y regula reservas, pérdidas y causas de disolución vinculadas al capital social.
  • Ampliar o reducir capital es una herramienta clave para financiar proyectos, sanear deudas y ajustar la estructura financiera de la empresa.

capital social de una empresa

Montar una empresa implica tomar un montón de decisiones y, entre papeles, bancos y modelos de Hacienda, a veces se pasa por alto un concepto clave: el capital social de la sociedad que vas a crear. Entender bien qué es, para qué sirve y cómo se calcula no es solo un tema contable; marca tu protección frente a deudas, tu relación con otros socios y la imagen que proyectas a bancos e inversores.

Si estás valorando pasar de autónomo a sociedad, abrir una SL con más personas o constituir una SA, te interesa tener muy claro cómo funciona el capital social, qué exige la ley y qué implica en el día a día. Vamos a verlo con calma, con fórmulas sencillas y ejemplos, pero también con una visión estratégica para que puedas tomar decisiones con cabeza.

Qué es exactamente el capital social de una empresa

que es el capital social

Cuando hablamos de capital social nos referimos a la suma de todas las aportaciones que realizan los socios a la empresa, ya sea al constituirla o en ampliaciones posteriores. Esas aportaciones pueden ser en dinero, pero también en bienes o derechos que tengan un valor económico.

Esas contribuciones dan lugar a participaciones (en una Sociedad Limitada) o a acciones (en una Sociedad Anónima), y son las que determinan qué porcentaje de la empresa tiene cada socio y qué derechos lleva asociados (voto en juntas, derecho a dividendos, etc.).

El capital social se refleja como una cifra fija en los estatutos y en el Registro Mercantil, y puedes descargar un informe de la Cámara de Comercio, de modo que no va cambiando cada vez que la empresa gana o pierde dinero. Solo se modifica si se hace una ampliación o reducción de capital aprobada formalmente por los socios.

Conviene diferenciarlo del patrimonio de la empresa: el capital social es una cifra “jurídica y estable”, mientras que el patrimonio (activos menos pasivos) va variando con el resultado de la actividad.

Funciones y utilidad del capital social en la práctica

El capital social no es solo un requisito legal para constituir una sociedad; cumple varias funciones importantes tanto hacia dentro como hacia fuera de la empresa.

En primer lugar, sirve como financiación inicial para arrancar la actividad. Con ese dinero (o bienes) puedes pagar alquiler, adquirir maquinaria, montar la web, contratar servicios profesionales, etc. Es el “colchón” con el que la empresa se pone en marcha.

Además, es una referencia para organizar la propiedad y el poder dentro de la sociedad. Cuanto más aporta un socio al capital social (salvo que se pacte otra cosa en estatutos o pactos de socios), mayor suele ser su participación y su peso en las decisiones.

Hacia el exterior, el capital social actúa como garantía frente a terceros. Acreedores, proveedores o bancos ven esa cifra como un indicador básico de solvencia mínima. No significa que el dinero esté siempre en caja, pero sí que los socios se comprometieron a aportar ese valor.

En las sociedades de capital (SL y SA), además, el capital social delimita la responsabilidad de los socios: en caso de problemas, responden hasta lo que han aportado, sin poner en riesgo su patrimonio personal (salvo supuestos de responsabilidad específica de administradores).

Capital social mínimo según la forma jurídica

La Ley de Sociedades de Capital fija unas cuantías mínimas de capital social para poder constituir determinadas sociedades, aunque la realidad económica muchas veces aconseja aportar más para no ir tan justos.

En una Sociedad de Responsabilidad Limitada (SL), hoy es posible constituirse con un mínimo de 1 euro de capital social. Eso sí, si el capital es inferior a 3.000 €, entran en juego reglas especiales para proteger a los acreedores.

Cuando la SL se crea con menos de 3.000 €, la empresa debe destinar al menos el 20 % del beneficio anual a una reserva legal hasta que la suma de esa reserva más el capital llegue como mínimo a 3.000 €. Además, si la sociedad se liquida y el patrimonio no alcanza para pagar las deudas, los socios pueden tener que responder solidariamente por la diferencia hasta esos 3.000 €.

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En el caso de la Sociedad Anónima (SA), la exigencia es mucho más elevada: el capital social mínimo son 60.000 euros. No es obligatorio desembolsarlo todo desde el primer día, pero sí como mínimo el 25 % del valor nominal de cada acción en el momento de constituir la sociedad.

Existen otras formas societarias con requerimientos propios (como la Sociedad Limitada Nueva Empresa o las sociedades profesionales) y sectores con normativa específica que exigen capitales mínimos superiores, por ejemplo, empresas de seguridad privada o actividades financieras altamente reguladas.

Tipos de aportaciones al capital social

El capital social no se forma solo con dinero ingresado en el banco. La ley permite que los socios realicen aportaciones dinerarias y no dinerarias, siempre que se puedan valorar económicamente y cumplan ciertos requisitos.

Las aportaciones dinerarias son las más sencillas: transferencias, ingresos en efectivo o cheques que se ingresan en la cuenta de la sociedad. En la constitución, el banco suele emitir un certificado que acredita el ingreso del capital.

Las aportaciones no dinerarias son bienes o derechos distintos del dinero: inmuebles, vehículos, maquinaria, equipos informáticos, mobiliario, patentes, programas informáticos, derechos de crédito, etc. Estos elementos pasan a ser propiedad de la sociedad.

Para evitar problemas, esos bienes o derechos deben tener una valoración real, justificada y documentada. En algunos casos, la ley exige un informe de experto independiente que determine su valor razonable, especialmente en SA o en aportaciones de cierto importe.

Una vez aportados, tanto el dinero como los bienes o derechos forman parte del patrimonio de la empresa y respaldan el capital social reflejado en los estatutos y en el Registro Mercantil.

Capital social, activos, pasivos y patrimonio neto

Para entender bien cómo encaja el capital social en la contabilidad de la empresa hay que visualizar el balance de situación, que se basa en la ecuación:

Activos – Pasivos = Patrimonio neto

Los activos son todos los bienes y derechos de la empresa: dinero en caja y bancos, facturas pendientes de cobro, inventario, inmuebles, maquinaria, equipos informáticos, vehículos, licencias, propiedad intelectual, etc. A algunos de estos activos se les aplica una depreciación o amortización con el paso del tiempo.

Los pasivos son las deudas y obligaciones frente a terceros: préstamos bancarios, créditos de proveedores, impuestos pendientes de pago, salarios devengados, etc. Es decir, lo que la empresa debe.

El patrimonio neto es la diferencia entre activos y pasivos, y está formado, entre otras cosas, por el capital social, las reservas (legales y voluntarias), los resultados de ejercicios anteriores, otras aportaciones de socios y el resultado del ejercicio. Se puede expresar así:

Patrimonio neto = Capital social + Reservas + Resultados acumulados + Otras aportaciones

Desde esta perspectiva, si conoces el patrimonio neto, las reservas y los resultados acumulados, puedes despejar el capital social mediante la fórmula:

Capital social = Patrimonio neto – Reservas – Resultados de ejercicios anteriores (y otras partidas similares)

Cómo se calcula el capital social: dos enfoques

Cuando se habla de “cómo calcular el capital social”, en realidad hay dos momentos o enfoques distintos: el de la constitución de la empresa y el del análisis a partir del balance.

En la constitución, el “cálculo” es muy simple: se determina sumando el valor de todas las aportaciones de los socios, tanto en dinero como en especie. Si dos socios aportan respectivamente 3.000 € y 2.000 €, el capital social será de 5.000 €, salvo que se estructure de otro modo por razones jurídicas o fiscales.

Durante la vida de la sociedad, el capital social aparece claramente identificado en el balance, dentro del epígrafe de Fondos propios del patrimonio neto bajo la partida “Capital”. Aquí ya no se “calcula”, se lee directamente en los estados financieros.

Aun así, si por cualquier motivo no se viera de forma directa, se puede reconstruir su valor previo cálculo del patrimonio neto con la ecuación:

Patrimonio neto = Activo – Pasivo

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Y, a partir de ahí, aplicando la relación:

Capital social = Patrimonio neto – Reserva legal – otras reservas – resultados acumulados – otras partidas de fondos propios que no sean capital

Ejemplos prácticos de cálculo del capital social

Imagina que la empresa AB presenta la siguiente situación:

  • Activo: 150.000 €
  • Pasivo: 80.000 €
  • Reserva legal: 15.000 €
  • Beneficios de ejercicios anteriores: 40.000 €

Primero calculamos el patrimonio neto como activos menos pasivos:

Patrimonio neto = 150.000 – 80.000 = 70.000 €

Después, partiendo de que el patrimonio neto se compone de capital social, reservas y resultados acumulados, podemos obtener el capital social con la fórmula:

Capital social = Patrimonio neto – reserva legal – resultados de ejercicios anteriores

Es decir:

Capital social = 70.000 – 15.000 – 40.000 = 15.000 €

En otro escenario más simple, al constituir una SL, tres socios aportan: uno 2.000 € en efectivo, otro un ordenador valorado en 1.000 € y el tercero maquinaria tasada en 1.000 €. El capital social total sería de 4.000 €, aunque parte de ese capital se haya aportado en bienes no dinerarios.

Reserva legal y otras reservas vinculadas al capital social

Dentro del patrimonio neto, junto al capital social, aparece la llamada reserva legal, que es una especie de “hucha obligatoria” que la empresa debe ir dotando con cargo a beneficios.

La Ley de Sociedades de Capital establece que cada año se debe destinar al menos el 10 % de los beneficios a esta reserva hasta que su importe alcance, como mínimo, el 20 % del capital social. De este modo se refuerza la solvencia de la empresa y se protege a acreedores y socios frente a posibles pérdidas futuras.

Junto a la reserva legal pueden existir reservas voluntarias u otras reservas especiales que la empresa constituya conforme a la normativa contable o por decisión de los socios (por ejemplo, para futuras inversiones o contingencias).

En caso de que la empresa sufra pérdidas, se irán consumiendo primero las reservas disponibles y, en último término, la reserva legal antes de entrar en una situación de desequilibrio patrimonial grave que pueda poner en juego el capital social.

Si las pérdidas son tan importantes que dejan el patrimonio neto por debajo de la mitad del capital social, la ley obliga a los administradores a tomar medidas (aumentar capital, reducirlo o incluso plantear la disolución) para no incurrir en causa de disolución societaria.

El capital social dentro del balance: activo o pasivo

En el balance, el capital social no aparece como un activo, sino dentro del patrimonio neto, que se suele agrupar a efectos de presentación en la parte de pasivo como un “pasivo no exigible”. Esto significa que no es una deuda que la empresa esté obligada a devolver en una fecha concreta.

La estructura básica del balance sigue la ecuación:

  • Activo: recursos que la empresa controla
  • Pasivo exigible: deudas con terceros
  • Patrimonio neto: fondos propios (entre ellos el capital social)

Así, el capital social forma parte del patrimonio de la empresa, no del de los socios. Son los activos (maquinaria, bancos, derechos de cobro, etc.) los que se han financiado con el capital social y con la deuda.

Con el tiempo, el capital social puede aumentar o disminuir mediante operaciones formales de ampliación o reducción, pero contablemente siempre seguirá apareciendo en la zona de patrimonio neto mientras la empresa exista.

Para una pyme, una estructura de patrimonio neto sólida, con un capital social razonable frente al tamaño del negocio, mejora los ratios de solvencia, la autonomía financiera y la percepción de estabilidad por parte de bancos e inversores.

¿El capital social se puede gastar, embargar o hay que reponerlo?

Una duda muy habitual es si el capital social debe “quedarse intacto” en la cuenta bancaria. La respuesta es que se puede utilizar desde el primer día para la actividad: pagar alquiler, comprar equipos, invertir en marketing, etc.

Legalmente, la cifra del capital social no cambia por el hecho de gastar ese dinero, porque lo que ocurre es que se transforma en otros activos (maquinaria, mobiliario, página web…) o se consume en gastos necesarios para poner en marcha la empresa.

No existe una obligación general de “reponer” el capital social gastado, siempre que la empresa mantenga un patrimonio neto suficiente y no incurra en pérdidas que la lleven por debajo de los límites que marca la ley.

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En cuanto al embargo, no se embarga “el capital social” como tal, pero sí se pueden embargar los activos que se han financiado con ese capital (o con deuda) si la empresa no cumple con sus obligaciones de pago. En consecuencia, aunque el capital social no sea directamente embargable, su efecto en el patrimonio puede verse afectado por las ejecuciones sobre los bienes.

Cuando la empresa entra en liquidación, el capital social funciona como colchón final para pagar a los acreedores. Primero se atienden las deudas con terceros; solo si sobra algo después de pagar a todos, se devuelve a los socios según su participación.

Ampliaciones y reducciones de capital social

El capital social no tiene por qué permanecer inamovible durante toda la vida de la sociedad. La ley permite realizar ampliaciones y reducciones de capital para adaptarlo a la situación económica o a la estrategia de la empresa.

Las ampliaciones de capital se utilizan cuando la empresa necesita más recursos propios (para financiar proyectos, sanear deudas o permitir la entrada de nuevos socios). Pueden hacerse de varias maneras: emitiendo nuevas participaciones o acciones, aumentando el valor nominal de las existentes o capitalizando reservas o créditos que los socios tengan frente a la empresa.

En las ampliaciones, los socios actuales suelen gozar de derecho de suscripción preferente, es decir, prioridad para adquirir las nuevas participaciones en proporción a su participación previa y así no ver diluida su cuota de propiedad, salvo que renuncien o se pacte lo contrario.

Las reducciones de capital rebajan el importe del capital social. Pueden responder a distintos motivos: devolver a los socios parte de sus aportaciones, ajustar el capital a una realidad económica más modesta o compensar pérdidas acumuladas que han erosionado el patrimonio neto.

Estas reducciones pueden hacerse disminuyendo el valor nominal de las participaciones o acciones, amortizando (eliminando) algunas de ellas o combinando ambas cosas. La operación suele ir acompañada de protección para acreedores, que pueden oponerse en determinados supuestos.

Tanto en ampliaciones como en reducciones, es obligatorio aprobar el acuerdo en junta general, modificar estatutos, elevar a público en escritura e inscribir en el Registro Mercantil, ya que se altera una cifra esencial de la sociedad.

Impacto del capital social en la financiación y la rentabilidad

Desde el punto de vista financiero, el capital social influye en cómo se financia la empresa y en qué ratios de rentabilidad presenta, especialmente el ROE (Rentabilidad sobre fondos propios) y el ROA (Rentabilidad sobre activos).

El ROE mide la relación entre el beneficio neto y los fondos propios (incluyendo el capital social). Un capital social muy elevado, sin un beneficio acorde, puede bajar este indicador y dar una sensación de baja rentabilidad sobre los recursos aportados por los socios.

El ROA relaciona el beneficio neto con el total de activos. Un capital social sólido y bien gestionado permite adquirir activos productivos que, si se utilizan de forma eficiente, mejoran la rentabilidad sobre los recursos invertidos en la empresa.

A la hora de buscar financiación externa, los bancos y otros inversores analizan la estructura de capital: cuánto procede de recursos propios (capital social y reservas) y cuánto de deuda. Un capital social adecuado reduce el apalancamiento y suele traducirse en mejores condiciones de financiación.

Por otro lado, la gestión del capital social y de las reservas puede tener implicaciones fiscales y de reparto de dividendos, por lo que conviene planificarla con asesoramiento para optimizar tanto la carga impositiva como la política de retribución a los socios.

Con todo lo anterior, se ve que el capital social no es una simple cifra que poner en los estatutos: condiciona la responsabilidad de los socios, la imagen de solvencia, la estructura de propiedad, la capacidad de financiación y hasta la supervivencia de la empresa cuando llegan mal dadas. Tomarse el tiempo de dimensionarlo bien, entender cómo se calcula en el balance y saber cuándo conviene ampliarlo o reducirlo es una de las decisiones más estratégicas al crear y dirigir una sociedad.

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