Artemis II: así se prepara la humanidad para volver a vivir en la Luna

Última actualización: abril 3, 2026
  • Artemis II es la primera misión tripulada más allá de la órbita baja terrestre desde el Apolo, un vuelo de 10 días para ensayar el regreso humano a la Luna.
  • La tripulación, diversa e internacional, probará a fondo la nave Orión y el cohete SLS, con un papel clave del Módulo de Servicio Europeo de la ESA.
  • La misión tiene un fuerte trasfondo geopolítico: Estados Unidos busca consolidar su liderazgo frente a China en la nueva carrera por las bases lunares.
  • El programa Artemis persigue una presencia humana sostenida en la Luna, con impacto tecnológico, económico y científico también para Europa.

Misión Artemis II rumbo a la Luna

La humanidad vuelve a mirar a la Luna con algo más que nostalgia y atención al calendario lunar. Tras más de medio siglo sin que ningún ser humano se alejara de la órbita baja terrestre, Artemis II marca el regreso a los vuelos tripulados hacia el espacio profundo y ensaya el camino hacia un futuro en el que vivir en nuestro satélite deje de ser ciencia ficción.

Lejos de ser un simple homenaje a las misiones Apolo, el nuevo programa lunar de la NASA se plantea como un proyecto a largo plazo: probar tecnologías, consolidar alianzas internacionales y preparar bases permanentes en la superficie lunar. En este tablero, Europa y Canadá han dejado ya su huella técnica y política, y España observa muy de cerca un escenario en el que se decidirá parte del poder espacial de las próximas décadas.

Un vuelo histórico tras décadas de espera

La cuenta atrás sonó familiar, pero el contexto era muy distinto: “tres, dos, uno… ¡despegue!”. El Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), el cohete más potente construido hasta ahora por la NASA, iluminó Cabo Cañaveral y puso en marcha una misión que llevaba años acumulando retrasos técnicos, ajustes de calendario y debates políticos.

La ventana de lanzamiento se había ido moviendo por fugas de combustible, problemas en el flujo de helio y lecturas extrañas en sensores críticos del sistema de autodestrucción del cohete, el mecanismo que debe hacer explotar el SLS si se desvía de su trayectoria. Durante unos minutos, el lanzamiento estuvo literalmente “colgando de un hilo”, pero los ingenieros lograron validar que la tripulación no corría peligro y dieron luz verde al despegue.

El cohete, de casi 100 metros de altura, despegó con sus cuatro motores principales y dos potentes propulsores laterales, en una dinámica semejante a la de la próxima misión de SpaceX a la Luna, impulsado por millones de litros de hidrógeno y oxígeno líquidos. En apenas dos minutos se desprendieron los aceleradores sólidos y, tras una primera órbita terrestre de unos 90 minutos, la etapa criogénica superior (ICPS) elevó la altitud de la nave Orión hasta una órbita alta elíptica. Ese “baile” alrededor de la Tierra es el ensayo general antes del salto hacia la Luna.

En esa órbita amplia, que la lleva hasta unos 74.000 kilómetros de la Tierra, la tripulación aprovecha para revisar sistemas de comunicación, navegación, soporte vital y maniobras manuales. Es la fase en la que se comprueba, con calma tensa, que todo lo diseñado en tierra responde en el vacío antes de comprometerse al viaje de ida y vuelta al vecindario lunar.

Aproximadamente un día después del despegue llega uno de los hitos más delicados: la inyección translunar (TLI). El motor del módulo de servicio se enciende durante algo más de seis minutos y coloca la nave en una trayectoria de “retorno libre”. La órbita está calculada para que, incluso si el motor fallara más tarde, la gravedad lunar acabe devolviendo la cápsula hacia la Tierra, una especie de tirachinas cósmico que ya salvó a los astronautas del Apolo 13.

Cohete SLS y nave Orión en misión Artemis II

La tripulación que vuelve a cruzar el umbral lunar

A bordo de la cápsula Orión -bautizada por la tripulación como “Integrity”- viajan cuatro astronautas que se han convertido en los rostros del regreso humano a la Luna. Su misión no incluye alunizaje, pero sí el vuelo tripulado más lejano que jamás hayamos realizado.

El comandante es Reid Wiseman, piloto de pruebas de la Marina estadounidense y veterano de la Estación Espacial Internacional (EEI). Ha pasado ya meses en órbita, pero reconoce que el verdadero reto ha sido compaginar el entrenamiento con su vida familiar tras quedarse viudo y criar solo a sus dos hijas. Lleva consigo una pequeña libreta: quiere anotar lo que significa, en tiempo real, volver a la Luna para alguien que ha visto de cerca la fragilidad de la vida.

El piloto es Victor Glover, expiloto de combate y primer afrodescendiente en viajar hacia la órbita lunar. Conocido por su carisma y su meticulosa preparación, ha revisado documentación técnica de los programas Géminis y Apolo en busca de lecciones que sigan siendo válidas. Entre sus objetos personales viajan una Biblia, recuerdos familiares y una colección de citas inspiradoras de astronautas de la era Apolo, un guiño directo al legado que ahora retoman.

Como especialista de misión viaja Christina Koch, ingeniera y física que ya ostenta el récord femenino de permanencia continua en el espacio, con 328 días en la EEI. De niña tenía en su habitación el mítico póster de la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, la imagen “Earthrise” del Apolo 8. Decidió ser astronauta cuando supo que fue un ser humano, y no una máquina, quien pulsó el disparador de aquella cámara; muchos siguieron inspirados para fotografiar la Luna. Ahora es la primera mujer asignada a una misión lunar.

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Completa el equipo Jeremy Hansen, representante de la Agencia Espacial Canadiense y primer no estadounidense que participa en un vuelo a la Luna. Ex piloto de caza, ha entrenado a nuevas promociones de astronautas en el Centro Espacial Johnson y ve su presencia en Artemis II como símbolo de una cooperación internacional que va más allá de las banderas. Lleva en la nave unos pendientes en forma de Luna con las piedras de nacimiento de su esposa y sus tres hijos, grabados con el mensaje “a la Luna y de vuelta”.

Los cuatro afrontan un viaje de unos diez días en un volumen habitable que apenas supera los 9 metros cúbicos. Vivirán durante más de una semana en un espacio comparable al interior de un par de furgonetas, convertido en salón, laboratorio, dormitorio y oficina de control. Respecto al módulo Apolo, la Orión ofrece un 60% más de espacio, pero sigue siendo un entorno muy reducido para cuatro adultos y una agenda repleta de tareas.

Orión y el papel clave de Europa

La nave Orión es el corazón tecnológico de Artemis II. Su módulo de tripulación, construido por Lockheed Martin, está pensado para ser reutilizado hasta diez veces: tras cada misión, la cápsula se recupera del océano, se inspecciona y se reconfigura para un nuevo vuelo, una aproximación a la economía circular aplicada a la exploración espacial.

El reverso de esa reutilización es que no toda la nave vuelve: el Módulo de Servicio Europeo (ESM), diseñado por Airbus para la Agencia Espacial Europea (ESA), se consume en cada misión. Esta sección, ubicada bajo la cápsula, proporciona propulsión, electricidad, agua y aire a la tripulación durante todo el viaje. Justo antes de la reentrada se separa y se destruye al rozar con la atmósfera.

Para la industria europea, el ESM es mucho más que un contrato: consolida a la ESA como socio imprescindible de la NASA en el acceso al espacio profundo. Desde Europa salen los sistemas que permiten a los astronautas respirar, tener luz y maniobrar en el espacio interplanetario, una contribución técnica que eleva la posición europea en futuras negociaciones sobre bases lunares, estaciones orbitales o misiones marcianas.

Un detalle técnico que genera especial atención es el escudo térmico de la cápsula. Orión utiliza un sistema ablativo de un solo uso, un material que se va quemando y desprendiendo durante la reentrada para disipar el calor. Al regresar desde la órbita lunar, la velocidad de entrada en la atmósfera es alrededor de un 30% mayor que desde la órbita baja terrestre, lo que dispara las temperaturas hasta superar con holgura los 2.500-2.700 ºC.

Durante Artemis I, el vuelo no tripulado de 2022, el escudo sufrió daños más intensos de lo esperado. Diversos expertos, incluido el Panel Asesor de Seguridad Aeroespacial de la NASA, alertaron sobre los riesgos de volar con tripulación sin modificar ese diseño. La agencia decidió mantener el mismo tipo de escudo para Artemis II, confiando en ajustar el ángulo de reentrada y otros parámetros para mantener el riesgo bajo control. Es uno de los puntos que más de cerca siguen los analistas de seguridad.

Nave Orión y cooperación internacional en Artemis II

Un viaje milimetrado: de la órbita terrestre a la cara oculta

El plan de vuelo de Artemis II es una coreografía de precisión. Tras la inserción en la órbita alta, la tripulación realiza maniobras de proximidad alrededor de la etapa ICPS para probar el pilotaje manual y los sistemas de guiado. Es un ensayo de encuentros y separaciones que será clave cuando, en futuras misiones, la Orión tenga que acoplarse a otros vehículos o a la estación Gateway en órbita lunar.

Superadas esas pruebas, llega la inyección translunar. El empuje del módulo de servicio coloca la nave en la trayectoria que la llevará, en unos cuatro días, a sobrevolar la Luna. Durante el trayecto, los cuatro astronautas alternan periodos de descanso con experimentos biomédicos para estudiar los efectos de la radiación y la microgravedad en un viaje más allá del cinturón protector de la magnetosfera terrestre, así como observaciones geológicas y climáticas desde una perspectiva que pocas veces se ha tenido.

Uno de los momentos más simbólicos será el sobrevuelo de la cara oculta de la Luna. En ese intervalo, la nave quedará sin comunicación directa con la Tierra durante varios minutos. La tripulación estará literalmente sola, a más de 400.000 kilómetros de casa y sin poder hablar con el control de misión, algo que no ocurría desde el programa Apolo.

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El punto de máxima distancia de la misión, unos 7.000-7.500 kilómetros más allá de la superficie lunar, hará que estos cuatro astronautas se conviertan en los seres humanos que más lejos se han alejado de su planeta. Si se cumplen las previsiones, podrán observar de primera mano un eclipse visto desde el espacio profundo y captar imágenes de la corona solar y de la Tierra emergiendo sobre el horizonte lunar, buscando una nueva “foto icónica” capaz de marcar a toda una generación, como lo hicieron Earthrise o el “punto azul pálido” de la sonda Voyager.

Tras completar el giro alrededor de la Luna, la gravedad del satélite redirigirá la nave hacia el planeta, sin necesidad de grandes encendidos adicionales. El viaje de regreso durará otros tres o cuatro días, durante los cuales se seguirán monitorizando parámetros médicos, comportamiento de los sistemas y se recogerán datos para la siguiente misión.

La fase final vuelve a concentrar buena parte del riesgo. La cápsula entrará en la atmósfera terrestre a una velocidad cercana a los 40.000 kilómetros por hora, generando un plasma incandescente a su alrededor y ocultando las comunicaciones durante varios minutos. Si todo funciona como está previsto, la estructura resistirá, los paracaídas se desplegarán de forma secuencial y la cápsula amerizará en el Pacífico, donde un dispositivo conjunto de la NASA y el Departamento de Defensa recuperará a la tripulación.

Un programa pensado para quedarse en la Luna

Artemis II es, en esencia, una misión de ensayo general. No se busca plantar una bandera, sino certificar que todos los componentes -cohete, nave, equipos humanos e industria asociada- están listos para dar el siguiente salto. La hoja de ruta de la NASA encadena esta misión con Artemis III -enfocada ahora a nuevas pruebas orbitales- y con Artemis IV, que aspira a concretar el alunizaje tripulado a finales de la década.

El objetivo, sin embargo, va mucho más allá de repetir el Apolo 11. La agencia estadounidense plantea establecer una presencia humana sostenida en el entorno lunar: bases en la superficie, la estación Gateway en órbita y una cadena de suministros y naves de transporte que permitan estancias prolongadas y operaciones científicas complejas.

En ese esquema cobra especial importancia el polo sur de la Luna. Diversos estudios han confirmado la presencia de hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados. Esa agua puede convertirse en un recurso estratégico si se logra extraerla y dividirla en hidrógeno y oxígeno para producir combustible y oxígeno respirable. Sería, sobre el papel, un primer paso hacia la utilización de recursos in situ que reduciría la necesidad de lanzar toneladas de propelente desde la Tierra.

Desde la perspectiva europea, la estación Gateway y las futuras bases abren un campo amplio a la industria del continente. El Módulo de Servicio Europeo es solo la primera pieza; la ESA negocia su participación en módulos habitables, sistemas de energía solar en órbita lunar y tecnologías de soporte vital de ciclo cerrado, esenciales para reducir residuos y reciclar agua y aire en estancias largas.

En España, nombres como el del ingeniero Carlos García-Galán, vinculado al desarrollo de sistemas para futuras bases lunares, simbolizan esa conexión europea con la estrategia estadounidense. Una parte de las decisiones sobre dónde y cómo se instalarán los primeros asentamientos en el regolito lunar tendrá supervisión europea, algo impensable en los tiempos de la carrera espacial entre Washington y Moscú.

La nueva carrera espacial: EE. UU., China y el reparto del espacio

Detrás de la épica de los despegues y las fotos de la Tierra azul flotando en la oscuridad hay un contexto político nada menor. El regreso de Estados Unidos a la Luna se produce en plena competencia con China por el control estratégico del espacio y, en concreto, por los recursos y posiciones ventajosas en la superficie lunar.

La Administración Espacial Nacional China (CNSA) ha logrado hitos significativos en los últimos años: ha posado un rover en la cara oculta de la Luna, ha traído muestras de regiones poco exploradas y planea enviar astronautas a la superficie alrededor de 2030. Sus objetivos declarados son menos ambiciosos que los de Artemis en cuanto a complejidad tecnológica, pero precisamente por ello muchos analistas consideran sus planes más robustos en cuanto a plazos.

China trabaja en una futura estación de investigación internacional lunar, en colaboración con Rusia y otros socios. Sus proyectos incluyen la instalación de pequeños reactores nucleares para abastecer de energía continua a las futuras bases, una apuesta que Estados Unidos observa con preocupación y a la que responde con propuestas similares de reactores compactos en suelo lunar.

Por su parte, Washington utiliza el programa Artemis como herramienta diplomática y tecnológica. Los llamados Acuerdos Artemis, suscritos por una treintena de países -entre ellos España y otros socios europeos-, establecen principios para la exploración y el uso de recursos en el espacio. Aunque el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 prohíbe reclamar soberanía sobre territorios fuera de la Tierra, sí permite la utilización de sus recursos.

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En este marco, se habla de “zonas de seguridad” alrededor de las áreas de actividad, diseñadas para evitar interferencias entre países, pero que en la práctica pueden consolidar derechos de uso sobre regiones con alto interés científico y económico. Como señalan responsables del programa de bases lunares, quien llegue primero a un cráter rico en hielo o a una región clave del polo sur tendrá margen para limitar la presencia de otros actores en los alrededores.

Estados Unidos mantiene, por ahora, cierta ventaja temporal. Sin embargo, los retrasos acumulados en el programa Artemis han ido mordiendo ese colchón de años respecto a los planes chinos. La presión por mantener el liderazgo se suma a las dinámicas políticas internas, especialmente en un contexto en el que la Casa Blanca ha vinculado públicamente los hitos lunares a los plazos de un mandato presidencial.

Varios informes científicos y de asesoría en seguridad han advertido de los riesgos de acelerar el calendario para cumplir compromisos políticos. El Panel Asesor de Seguridad Aeroespacial de la NASA, por ejemplo, ha recomendado “levantar el pie del acelerador” y revisar con calma las lecciones de Artemis I, sobre todo en lo relativo al escudo térmico y a algunos sistemas del SLS y de Orión. La cuestión de fondo es hasta qué punto los responsables políticos están dispuestos a aceptar un nivel de riesgo mayor con tal de no ceder terreno en la carrera lunar.

Mientras tanto, otras potencias mantienen planes más modestos. India, por ejemplo, ha señalado 2040 como horizonte para su primer alunizaje tripulado y 2047 para una posible base. Su progreso es notable, pero todavía no constituye una amenaza directa para el pulso entre Estados Unidos y China, que parece destinado a marcar el rumbo de la exploración lunar en las próximas décadas.

Costes ambientales, tecnología y legado para la Tierra

El regreso a la Luna coincide con una preocupación creciente por el impacto ambiental de las actividades humanas, incluido el lanzamiento de cohetes. Artemis II intenta integrar, en la medida de lo posible, criterios de sostenibilidad en un contexto tecnológico todavía muy dependiente de los combustibles químicos.

El SLS utiliza hidrógeno líquido y oxígeno líquido como propelentes principales en su etapa central, una combinación cuya combustión produce esencialmente vapor de agua. Frente a los cohetes de queroseno, como muchos lanzadores comerciales o los antiguos Soyuz, esta opción reduce la emisión directa de hollín negro a gran altitud, un componente con efectos desproporcionados sobre el clima cuando se inyecta en la estratosfera.

No todo es impecable: los propulsores sólidos laterales emiten partículas de alúmina y cloruro de hidrógeno en las capas bajas de la atmósfera. Aun así, los expertos en química atmosférica señalan que la cadencia prevista de misiones Artemis -alrededor de un lanzamiento cada diez meses- es muy reducida si se compara con el tráfico aéreo global, responsable de un volumen de emisiones varias órdenes de magnitud mayor.

Más allá del lanzamiento, el programa Artemis aspira a dejar un legado tecnológico con impacto directo en la transición energética y la gestión de recursos en la Tierra. Muchas de las innovaciones en materiales para altas temperaturas, sistemas de soporte vital de ciclo cerrado y generación eficiente de energía solar tienen aplicaciones potenciales en redes eléctricas, edificios de consumo casi nulo o sistemas de reciclaje de agua.

La NASA, que ya dedica miles de millones de dólares anuales a la observación de la Tierra mediante satélites, ve en la órbita lunar una nueva atalaya para estudiar el clima y los grandes sistemas del planeta. Instrumentos a bordo de las misiones Artemis y observaciones realizadas por los astronautas podrán ofrecer datos complementarios sobre la atmósfera, los glaciares o los océanos, con una perspectiva imposible de obtener desde la órbita baja.

En paralelo, la idea de utilizar el hielo lunar para producir combustible plantea, a largo plazo, un modelo de exploración menos dependiente de lanzar enormes cantidades de propulsante desde la superficie terrestre. Si la electrólisis impulsada por energía solar en la Luna llega a ser viable, los depósitos de hidrógeno y oxígeno extraídos allí podrían abastecer misiones hacia Marte y otros destinos del sistema solar, reduciendo el número de lanzamientos desde la Tierra y, con ello, su huella ambiental acumulada.

Exploración humana y futuro asentamiento en la Luna

La odisea de Artemis II condensa buena parte de las tensiones y esperanzas de esta nueva era espacial: verifica tecnologías decisivas para instalar bases lunares, refuerza la cooperación entre Estados Unidos, Europa y Canadá, y reabre una carrera geopolítica en la que China aparece como rival directo. Mientras cuatro personas vuelan en una cápsula del tamaño de una habitación pequeña hacia la cara oculta de la Luna, se ponen a prueba no solo motores y escudos térmicos, sino también la capacidad de la comunidad internacional para explorar otro mundo sin repetir en él los mismos errores cometidos en el nuestro.

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