Los astronautas de Artemis II completan su regreso histórico a la Tierra

Última actualización: abril 11, 2026
  • Los cuatro astronautas de Artemis II han amerizado con éxito en el Pacífico tras diez días de misión alrededor de la Luna
  • La cápsula Orión superó una reentrada extremadamente crítica, validando el escudo térmico y los sistemas de entrada, descenso y amerizaje
  • La tripulación, en buen estado de salud, ha batido récords de distancia y diversidad y será clave para las próximas misiones Artemis
  • El papel europeo, con el Módulo de Servicio Europeo y contribución española, refuerza la dimensión internacional del regreso a la Luna

astronautas de Artemis II regresan a la Tierra

La misión Artemis II ha cerrado su capítulo más delicado: los cuatro astronautas han regresado sanos y salvos a la Tierra tras un viaje histórico de diez días alrededor de la Luna, el primero con tripulación desde las misiones Apolo de los años setenta. La cápsula Orión amerizó en el océano Pacífico, frente a la costa de California, a la hora prevista y sin incidentes destacados.

Con este amerizaje, Reid Wiseman, Christina Koch, Victor Glover y Jeremy Hansen han completado el vuelo tripulado más lejano jamás realizado por el ser humano. La operación supone un paso decisivo para el programa Artemis, que persigue el regreso sostenible a la superficie lunar y la futura instalación de bases permanentes que sirvan de trampolín hacia Marte.

Un amerizaje milimétrico en el Pacífico

La fase final comenzó cuando la cápsula Orión inició su descenso hacia la atmósfera terrestre tras recorrer más de 700.000 kilómetros de espacio profundo y completar su gran vuelta a la Luna. Después de una corrección de trayectoria de precisión, la nave se encaminó hacia su punto de entrada sobre el Pacífico, frente a las costas de San Diego.

Según los datos facilitados por la NASA, la reentrada se prolongó algo menos de un cuarto de hora, con la cápsula atravesando las capas altas de la atmósfera a velocidades hipersónicas de alrededor de 40.000 km/h. En ese intervalo, Orión quedó envuelta en un plasma incandescente generado por la compresión brutal del aire, con temperaturas que rozaron los 2.760 ºC (unos 5.000 ºF), comparables a las de la superficie de una estrella.

Durante esos minutos críticos, el flujo de plasma bloqueó las comunicaciones con el centro de control de Houston, generando el clásico apagón de radio que los equipos en tierra conocen desde la época del Apolo. La nave desapareció de los radares y nadie pudo contactar con la tripulación mientras superaban el máximo calentamiento y la mayor desaceleración de todo el viaje.

Superada la fase más dura, se activó la compleja secuencia de once paracaídas de frenado y estabilización. Primero se desplegaron pequeños paracaídas para retirar cubiertas y reducir velocidad; después, los tres paracaídas principales, de unos 35 metros de diámetro cada uno y con el ya icónico patrón blanco y naranja, terminaron de frenar la cápsula hasta dejarla cayendo a una velocidad similar a la de un coche circulando por una calle residencial.

El amerizaje se produjo en el punto previsto, a unas decenas de millas de la costa californiana. El responsable de asuntos públicos del Centro Espacial Johnson, Rob Navias, lo definió como “un amerizaje perfecto en el punto exacto para Integrity”, en referencia al nombre con el que se conoce a la cápsula tripulada.

retorno de la misión Artemis II

Rescate en alta mar y primeras revisiones médicas

Instantes después del contacto con el agua, entró en acción el operativo conjunto de la NASA y la Marina estadounidense. Buzos especializados aseguraron la cápsula, instalaron flotadores de estabilidad y verificaron que se mantenía en posición vertical, algo esencial tanto para las comunicaciones como para la comodidad de los tripulantes.

Una vez estabilizada, se procedió a abrir la escotilla y a sacar a los cuatro astronautas, que fueron trasladados en helicóptero al buque anfibio USS John P. Murtha. Allí recibieron los primeros exámenes médicos tras más de una semana en condiciones de microgravedad y en un entorno de radiación espacial superior a la que se experimenta en la Estación Espacial Internacional.

Los partes iniciales confirman que la tripulación se encuentra en buen estado de salud, sin incidentes reseñables más allá del lógico cansancio. En los próximos días está previsto que los astronautas viajen al Centro Espacial Johnson, en Houston, donde continuarán sometiéndose a pruebas médicas, evaluaciones psicológicas y análisis detallados sobre cómo ha reaccionado el organismo humano a este viaje de largo alcance.

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Los protocolos contemplan un periodo de control cercano para vigilar posibles efectos de la exposición a la radiación solar y cósmica, así como adaptaciones musculares y óseas derivadas de los días en microgravedad. Aunque se trata de una misión relativamente corta si se compara con las estancias prolongadas en la órbita baja, la NASA quiere aprovechar cada dato de Artemis II para preparar expediciones mucho más largas.

Una reentrada al límite para poner a prueba el escudo térmico

De todas las tecnologías ensayadas, el escudo térmico de Orión ha sido uno de los elementos más observados. Esta pieza, de apenas unos centímetros de grosor y fabricada con el material ablativo Avcoat, es la barrera que separa a la tripulación de un entorno que podría fundir metales en segundos. Su funcionamiento consiste en ir carbonizándose y desprendiéndose por capas, arrastrando consigo el calor extremo.

La atención sobre este componente se había intensificado desde Artemis I, la misión no tripulada que sobrevoló la Luna en 2022. En aquel vuelo, los ingenieros detectaron una erosión mayor de la esperada y la acumulación de gases en el interior del material ablativo, lo que originó pequeñas grietas. Aunque los análisis concluyeron que el sistema seguía siendo seguro, la NASA decidió revisar el perfil de entrada para Artemis II.

En lugar de realizar una reentrada con maniobra de rebote atmosférico —similar a una piedra que salta sobre la superficie del agua—, la agencia optó por un perfil de entrada más directo, con la intención de reducir el tiempo de exposición al calor máximo. La cápsula ha tenido que soportar igualmente temperaturas que superan con creces los 2.500 ºC y fuerzas G que multiplican el peso aparente de los astronautas varias veces.

Durante los instantes de máxima presión aerodinámica, los tripulantes han sentido cómo su peso se disparaba, empujándoles contra los asientos con una intensidad que recuerda a la descripción de los veteranos del Apolo, que hablaban de “una mano gigante” aplastando el cuerpo. Este comportamiento fisiológico forma parte de los estudios médicos, que también incluyen el análisis del rendimiento de los nuevos trajes “anti-G” que la tripulación llevaba bajo su indumentaria principal.

Con la cápsula ya recuperada y trasladada a instalaciones seguras, los equipos técnicos comenzarán a desmontar y estudiar el escudo térmico centímetro a centímetro. El objetivo es verificar si las modificaciones introducidas han funcionado como se esperaba y si el sistema ofrece márgenes suficientes para futuras misiones de mayor duración y con trayectorias más exigentes.

Récords de distancia, diversidad y fotografías para la historia

Más allá del desafío tecnológico, Artemis II ha marcado un antes y un después en varios frentes simbólicos. Por un lado, la tripulación ha batido el récord absoluto de lejanía respecto a la Tierra establecido por el Apolo 13 en 1970, alejándose hasta unos 406.000 kilómetros de nuestro planeta y completando un viaje total superior al millón de kilómetros.

Por otro, el equipo ha sido la tripulación más diversa que jamás haya viajado hasta la órbita lunar. Al mando, el astronauta de la NASA Reid Wiseman; junto a él, la ingeniera Christina Koch, primera mujer en sobrevolar la Luna; Victor Glover, primer hombre negro en emprender un viaje lunar; y Jeremy Hansen, representante de la Agencia Espacial Canadiense, primer no estadounidense en participar en una misión de este tipo.

Durante su periplo, los cuatro astronautas han compartido momentos de fuerte carga emocional, como la petición de bautizar dos cráteres recién observados con los nombres de “Integrity” —en honor a su cápsula Orión— y “Carroll”, dedicado a la esposa fallecida de Wiseman. Ese gesto, acompañado de abrazos y alguna lágrima a bordo, ha recordado que, incluso en un entorno tan técnico, el componente humano sigue siendo central.

El viaje también ha dejado imágenes, incluidas las primeras fotografías de la misión Artemis II, que ya se sitúan entre las más espectaculares de la exploración espacial: amaneceres terrestres sobre el horizonte lunar, vistas de la cara oculta del satélite bañada por la luz del Sol, y un eclipse solar total observado desde la órbita lunar, con la Luna ocultando por completo el disco del Sol y la Tierra brillando en la oscuridad cósmica.

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Entre maniobra y maniobra, la tripulación ha disfrutado de pequeños momentos cotidianos que han humanizado la misión: un frasco de crema de cacao flotando en cabina, algún problema con el inodoro y la presencia de una mascota simbólica, diseñada por un niño de ocho años e incorporada como indicador de gravedad cero. Detalles que, aunque menores, han ayudado a conectar con el público general.

Europa y España, piezas clave del viaje de regreso

Aunque la atención mediática se ha centrado en la NASA y en la épica del regreso a la Luna, Europa ha desempeñado un papel fundamental en el éxito de Artemis II. El Módulo de Servicio Europeo (ESM), desarrollado bajo la coordinación de la Agencia Espacial Europea (ESA), ha sido el encargado de proporcionar propulsión, energía, agua y soporte vital a la cápsula Orión durante todo el trayecto.

Este módulo, construido con la participación de empresas y centros de investigación de catorce países, incluye tecnología y componentes de alta precisión fabricados en España. Desde sistemas electrónicos hasta partes del control de potencia y estructuras, la industria española se ha consolidado como socio de referencia en la exploración tripulada más allá de la órbita baja.

El ESM ha realizado varias maniobras de corrección de trayectoria a lo largo de estos diez días. Encendidos de motores de apenas unos segundos han bastado para ajustar la ruta y garantizar que la nave llegara al pasillo de reentrada correcto. Una de estas maniobras, de nueve segundos de duración, cambió la velocidad de la nave en poco más de metro y medio por segundo, suficiente para modificar su punto de caída sobre el Pacífico.

Minutos antes de que comenzara la reentrada, el Módulo de Servicio se separó de la cápsula y se desintegró en la atmósfera, cumpliendo su misión hasta el último instante. La NASA ha reconocido que sin esta aportación europea —y por extensión, sin la contribución de socios como España—, el programa Artemis sería mucho más complejo y caro de sostener.

Para el sector espacial europeo y español, el buen resultado de Artemis II sirve como tarjeta de presentación para futuras colaboraciones. No solo en las próximas misiones Artemis, sino también en proyectos relacionados con estaciones lunares, sistemas de comunicaciones cislunares o infraestructuras para la exploración de Marte, donde la ESA aspira a seguir siendo un socio de primer nivel.

Seguimiento desde España y papel de la comunicación científica

La recta final del viaje ha sido seguida con especial interés desde España. La madrugada del amerizaje, RTVE ofreció una cobertura en directo a través de La 1, el Canal 24 Horas y la plataforma RTVE Play, con un programa especial conducido por Lorenzo Milá y la participación de expertos en meteorología y exploración espacial.

Durante estos días, medios de comunicación españoles han elaborado diarios de a bordo, conexiones con analistas científicos y entrevistas con especialistas en astrofísica, como el director del Planetario de Madrid, Telmo Fernández Castro, que ha explicado los efectos de la microgravedad en el cuerpo humano y la importancia de los ejercicios físicos diarios a bordo de Orión.

Paralelamente, se ha puesto de relieve el papel de la NASA como gran maquinaria de comunicación científica. La agencia ha compartido un flujo constante de imágenes, vídeos y mensajes en redes sociales, generando una narrativa que mezcla rigor técnico con un claro componente emocional y casi cinematográfico, algo que muchos divulgadores califican de “ciencia pop”.

Desde España, voces del ámbito de la comunicación, como la coordinación del Science Media Center, han subrayado cómo este tipo de misiones combinan divulgación, espectáculo y también geopolítica. En plena competencia internacional por el liderazgo espacial, la visibilidad de Artemis II refuerza la imagen de Estados Unidos y sus socios frente a otras potencias que aceleran sus propios programas lunares.

El interés del público se ha materializado en audiencias destacadas y en una notable actividad en redes sociales, donde las imágenes de la Tierra vista desde la órbita lunar y los mensajes de fraternidad de la tripulación han tenido una fuerte repercusión. Para muchos, observar nuestro planeta como un punto frágil en la inmensidad del espacio vuelve a recordar la necesidad de cuidar un hogar común que, desde allá arriba, parece pequeño y vulnerable.

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Pruebas médicas, soporte vital y preparación del salto a la superficie lunar

Además de probar cohetes y escudos térmicos, Artemis II ha servido como laboratorio en órbita para estudiar la salud humana en el espacio profundo. A bordo se han llevado a cabo experimentos que utilizan tejidos de médula ósea en microchips —la llamada tecnología de “órganos en un chip”— para analizar cómo responde el sistema inmunitario a la radiación y la microgravedad.

La misión también ha permitido validar por primera vez el sistema de soporte vital de Orión con personas a bordo más allá de la órbita baja. La cápsula ha controlado la atmósfera interna, eliminado dióxido de carbono, gestionado la humedad y mantenido temperaturas confortables en un entorno donde cualquier fallo puede tener consecuencias inmediatas.

En paralelo, se ha puesto a prueba una rutina física exigente. Aunque diez días pueden parecer pocos, la falta de gravedad afecta rápidamente a huesos y músculos. Los astronautas han utilizado dispositivos de entrenamiento —incluida una máquina similar a un remo— para mitigar el deterioro musculoesquelético. Los datos servirán para diseñar programas de ejercicio más eficaces en misiones mucho más largas.

Los especialistas consultados por medios europeos consideran que, dadas las duraciones relativamente breves de Artemis II y las buenas condiciones de la tripulación, no se esperan secuelas significativas. Aun así, se prevé un periodo de observación en el que se evaluará también el estado psicológico, la calidad del sueño y la adaptación de vuelta a la gravedad terrestre.

Todo este conocimiento se suma a décadas de operaciones en la Estación Espacial Internacional, pero aporta un matiz diferente: no se trata de órbita baja, sino de espacio profundo, donde las protecciones magnéticas y atmosféricas de la Tierra desaparecen. Esa diferencia será clave cuando se planifiquen estadías de semanas o meses en la superficie lunar y, más adelante, los primeros viajes tripulados a Marte.

Artemis II como ensayo general de un regreso duradero a la Luna

Con la cápsula ya a salvo y los astronautas de vuelta, los responsables del programa insisten en que Artemis II no es un final, sino un punto de partida. La misión ha validado la arquitectura general: el cohete SLS, la cápsula Orión, el Módulo de Servicio Europeo, los procedimientos de reentrada y rescate, así como la coordinación internacional necesaria para sostener un proyecto tan complejo.

Desde la NASA se subraya que “regresamos a la Luna para quedarnos”. Los siguientes pasos del programa contemplan nuevas misiones —Artemis III y IV, entre otras— con el objetivo de llevar de nuevo astronautas a la superficie lunar, desplegar módulos de hábitat y comenzar la construcción de infraestructuras estables. La agencia estadounidense ve en la Luna una plataforma ideal para ensayar tecnologías y operaciones que, en el futuro, permitan viajes a Marte.

Para los expertos consultados en España y Europa, el entusiasmo debe matizarse. Algunos especialistas en aeronáutica recuerdan que la continuidad de un programa tan ambicioso depende en buena medida de la voluntad política y de los presupuestos. Los vaivenes en la financiación de la ciencia en Estados Unidos, así como los debates internos sobre prioridades, pueden influir en el ritmo real con el que se avance hacia bases permanentes.

Otros científicos destacan, en cambio, el inmenso potencial científico de volver a la Luna. El satélite podría conservar pistas aún no exploradas sobre los orígenes de la Tierra y del propio sistema solar. Recoger muestras de regiones nunca visitadas, instalar observatorios en el lado oculto o estudiar recursos como el hielo de agua de los polos lunares son algunas de las razones que justifican esta inversión en exploración.

Mientras se analizan los resultados y se diseñan los siguientes pasos, Artemis II queda ya como una referencia en la historia de los vuelos tripulados: ha demostrado que, más de medio siglo después de Apolo, la humanidad mantiene viva su capacidad de viajar a la Luna, ampliar el conocimiento científico y, al mismo tiempo, recordar desde la distancia la fragilidad del planeta al que todos los astronautas, tarde o temprano, desean volver.

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