Sadfishing en redes sociales: qué es, por qué ocurre y qué riesgos tiene

Última actualización: enero 14, 2026
  • El sadfishing consiste en exponer reiteradamente el sufrimiento emocional en redes para obtener atención, validación o apoyo.
  • Se relaciona con baja autoestima, soledad, rasgos de búsqueda de atención y dificultades de regulación emocional, sobre todo en jóvenes.
  • Puede generar dependencia del feedback digital, banalizar la salud mental y aumentar el riesgo de acoso y exposición dañina.
  • La educación digital, el apoyo fuera de las pantallas y la ayuda profesional son claves para usar las redes de forma emocionalmente saludable.

sadfishing en redes sociales

En los últimos años, las redes sociales se han llenado de vídeos de personas llorando, textos dramáticos sobre rupturas, hilos confesando problemas de salud mental y publicaciones que muestran momentos muy íntimos. El sufrimiento se ha convertido en contenido público, visible para miles o millones de ojos con un solo clic.

En ese contexto ha ganado fuerza un concepto que cada vez escuchamos más: el sadfishing. Un término reciente, pero que nombra algo que mucha gente ya intuía: usar el malestar emocional como reclamo para obtener atención, consuelo, validación o incluso beneficios económicos en internet. No siempre hay mala intención detrás, pero el fenómeno abre un buen número de dudas éticas y psicológicas.

Qué es exactamente el sadfishing

publicaciones emocionales en redes sociales

El término sadfishing aparece por primera vez en 2019 de la mano de la escritora Rebecca Reid. En su artículo analizaba cómo algunas celebridades compartían relatos muy emotivos sobre su vida personal y, detrás de esa vulnerabilidad, parecía haber un objetivo claro: generar una oleada de apoyo, visibilidad y engagement en redes.

La palabra surge como un juego con el concepto catfishing, que se refiere a crear identidades falsas en internet para engañar o manipular a otros. En vez de «cat» (gato), se sustituye por «sad» (triste), aludiendo a la idea de usar la tristeza como cebo emocional para captar la atención del público.

Ahora bien, no todo lo que tiene que ver con expresar emociones en redes entra en esta categoría. Mostrar vulnerabilidad y pedir ayuda es legítimo, e incluso necesario, sobre todo cuando alguien no encuentra apoyo en su entorno cercano. Lo que caracteriza al sadfishing es un patrón más o menos reiterado de publicaciones dramáticas, a menudo amplificadas o poco concretas, cuya función principal es provocar una fuerte respuesta emocional en los demás.

Hablamos, por ejemplo, de mensajes ambiguos tipo “no puedo más” sin contexto, fotos llorando sin explicar nada o relatos intensos de problemas graves publicados una y otra vez, donde el foco parece estar más en la reacción que en el propio proceso de pedir ayuda.

Sadfishing y búsqueda de validación social

validación y atención en redes sociales

Desde la psicología, el sadfishing puede entenderse como una forma específica de búsqueda de atención y de validación. En un mundo en el que el propio valor parece medirse por el número de seguidores, likes o comentarios, muchas personas terminan utilizando sus emociones como vía principal para sentirse vistas.

En este contexto, las redes funcionan como un enorme escaparate emocional. Compartir tristeza, ansiedad o soledad no sólo sirve para desahogarse: también puede convertirse en una forma de regular el estado de ánimo a través de la respuesta del resto. Cada “ánimo”, cada corazón y cada mensaje privado de apoyo actúan como un pequeño refuerzo que, con el tiempo, puede volverse adictivo.

Algunas investigaciones apuntan a que este tipo de uso de las redes se asocia con estilos de apego ansioso, dificultades de regulación emocional y sensación de soledad. Cuando alguien no se siente escuchado en su vida cotidiana, es relativamente fácil que traslade esa necesidad de sostén emocional a internet, donde la respuesta es rápida y cuantificable.

Además, vivimos en una cultura en la que buena parte de la biografía personal se cuenta online. Para muchas personas, sobre todo adolescentes y jóvenes, compartir emociones -también las más duras- es casi una extensión natural de su día a día. La línea entre intimidad y escaparate se difumina, y a veces cuesta distinguir dónde termina el desahogo honesto y dónde empieza la estrategia (consciente o no) para atraer miradas.

Un ingrediente clave aquí es el llamado “apoyo contenedor”: ese entorno capaz de sostener lo que sentimos sin juzgar. Cuando la red social asume ese papel, el riesgo es que la autoestima quede demasiado ligada a cómo reaccionan los demás ante lo que compartimos.

¿Autenticidad o estrategia emocional?

auténtica expresión emocional o sadfishing

Una de las mayores polémicas del sadfishing es que, desde fuera, es casi imposible saber con certeza qué hay detrás de una publicación emocional. Lo que para una persona es un desahogo sincero, para otra puede parecer un teatro calculado para ganar simpatía o incluso contratos publicitarios.

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Los casos de Kendall Jenner hablando de su acné o de Justin Bieber relatando problemas de salud mental o enfermedad de Lyme ilustran bien esta ambigüedad. Para parte de la audiencia, eran ejemplos de apertura honesta; para otros, un intento de capitalizar el sufrimiento para mantener relevancia mediática. Las acusaciones de sadfishing se disparan precisamente en ese punto: cuando el público percibe que hay algo “forzado” o excesivamente diseñado.

El problema es que acusar a alguien de sadfishing sin pruebas claras puede ser muy dañino. Si una persona está mostrando su malestar porque necesita ayuda real y recibe como respuesta burlas, dudas o mensajes del tipo “solo quieres llamar la atención”, es fácil que su autoestima se hunda aún más, que sienta vergüenza y que se lo piense dos veces antes de pedir apoyo, tanto en redes como fuera de ellas.

Desde una óptica clínica, suele recomendarse poner el foco más en el patrón y la frecuencia que en una publicación aislada. Una expresión puntual de tristeza en un momento difícil es completamente normal. En cambio, recurrir continuamente a contenidos muy dramáticos para atraer reacciones puede apuntar a una forma poco sana de gestionar las emociones.

La clave está en hacerse algunas preguntas: ¿la persona busca también ayuda fuera de las pantallas? ¿Está abierta a recibir apoyo real, o solo parece interesada en el impacto del post? ¿Hay un aumento progresivo del dramatismo para mantener la atención? Estas señales permiten intuir si nos acercamos más a un uso funcional de las redes o a una dinámica de dependencia emocional.

Sadfishing, trastornos de personalidad y otros factores psicológicos

El sadfishing no es en sí mismo un trastorno, pero puede estar relacionado con ciertas características de personalidad. La investigación psicológica lo vincula a menudo con la búsqueda intensa de atención, un rasgo que puede aparecer en distintos cuadros.

Por ejemplo, el trastorno histriónico de la personalidad se caracteriza por una fuerte necesidad de ser el centro de todo, dramatización, emotividad exagerada y dependencia de la aprobación externa. Una persona con este perfil puede recurrir a publicaciones muy intensas en redes como una extensión de su forma habitual de relacionarse.

También se ha señalado la relación con rasgos narcisistas o maquiavélicos: necesidad de admiración, búsqueda de control y tendencia a manipular las emociones de otros. En estos casos, el sadfishing podría usarse de manera más deliberada, como herramienta para influir o generar simpatía con fines propios.

Al mismo tiempo, el fenómeno se ha asociado al Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), donde la inestabilidad emocional, el miedo intenso al abandono, los sentimientos crónicos de vacío y la impulsividad son muy frecuentes. En momentos de crisis, estas personas pueden volcar su desborde emocional en internet, especialmente si sienten que no reciben suficiente comprensión en su entorno cercano.

Un estudio reciente en adolescentes, “Adolescent sadfishing on social media: anxiety, depression, attention seeking, and lack of perceived social support as potential contributors”, encontró que el sadfishing se relaciona con ansiedad, depresión, sensación de poco apoyo social y necesidad de atención. Es decir, en muchos casos no hay una intención de engañar, sino un intento -torpe pero comprensible- de encontrar consuelo.

Características típicas del sadfishing

Al revisar los ejemplos y definiciones de distintas fuentes, se pueden identificar varios rasgos habituales en el sadfishing. No es una lista cerrada, pero sí un mapa de señales que se repiten.

  • Exposición elevada de problemas íntimos, conflictos emocionales o vivencias muy dolorosas ante una audiencia amplia, muchas veces sin filtrar.
  • Uso de frases dramáticas o ambiguas que buscan despertar preocupación (“ya no puedo más”, “hasta aquí he llegado”) pero sin aportar detalles claros.
  • Repetición frecuente de publicaciones de tono triste, trágico o de crisis, creando un hilo casi constante de malestar en el perfil.
  • Búsqueda explícita o implícita de atención y apoyo, donde la persona parece depender de la reacción del público para sentirse un poco mejor.
  • Escasa apertura a soluciones reales: se comparte mucho, pero no se suelen aceptar propuestas de ayuda concreta o derivar el malestar a espacios terapéuticos.

En muchas ocasiones, quienes incurren en estas conductas presentan también dificultades para expresar lo que sienten en entornos privados, baja autoestima, sensación de soledad o carencias de apoyo afectivo cercano. Las redes se convierten así en su principal canal para hablar de lo que les pasa.

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Riesgos emocionales y sociales del sadfishing

Aunque para algunas personas expresar su tristeza en redes puede ser aliviante, el sadfishing conlleva riesgos que conviene tener presentes, tanto para quien publica como para quienes observan.

Uno de los más evidentes es la exposición emocional en un entorno impredecible. Internet no siempre es empático: junto a los mensajes de apoyo pueden surgir burlas, críticas crueles o acoso directo. Esa mezcla puede dejar a la persona aún más vulnerable de lo que estaba antes de publicar.

Otro peligro importante es la dependencia del feedback digital. Si alguien empieza a sentirse mejor sólo cuando recibe una avalancha de likes y comentarios, su capacidad de regularse por sí mismo se debilita. Al final, cada bajón emocional puede traducirse en una nueva publicación triste, alimentando un ciclo muy parecido al de otras conductas adictivas.

A todo esto se suma el riesgo de banalizar problemas serios de salud mental. Si todo se convierte en contenido, el sufrimiento puede quedar reducido a una estética de lo triste, a una marca personal o a un recurso narrativo más. Para adolescentes especialmente activos en TikTok o Instagram, la hipervisibilidad emocional puede confundirlos sobre qué es pedir ayuda de verdad y qué es seguir el guion de una tendencia.

Además, ciertas publicaciones de gran carga emocional pueden generar ansiedad, angustia o malestar físico en quienes las leen, sobre todo si se refieren a enfermedades graves, autolesiones o experiencias traumáticas. La persona que publica quizá no mire este impacto en terceros, pero existe, y no es menor.

Sadfishing en adolescentes y jóvenes

Los datos sobre uso de redes en menores muestran un panorama delicado: una gran mayoría de niños de 10-11 años ya tiene algún perfil social, y muchos pasan horas al día conectados a plataformas como TikTok o Instagram. En esas edades la identidad está en plena construcción, y la opinión ajena pesa muchísimo.

Para muchos adolescentes, las redes son su principal espacio para compartir emociones, desahogarse o pedir opinión. Esto no es malo per se, pero cuando se mezcla con tristeza, ansiedad o baja autoestima, el sadfishing puede aparecer como una vía rápida para sentir compañía. Un vídeo llorando o un texto desesperado puede traer decenas de mensajes de apoyo en minutos.

El problema surge cuando ese alivio inmediato refuerza el patrón y la persona empieza a necesitar repetirlo una y otra vez. En lugar de aprender a gestionar sus emociones en la vida real -hablando con familia, amigos cercanos, profesorado o profesionales-, termina dependiendo del eco emocional de desconocidos al otro lado de la pantalla.

El estudio de BMC Psychology de 2023 apunta justo en esa dirección: el sadfishing adolescente se asocia a mayores niveles de ansiedad y depresión, y a la sensación de no contar con apoyo suficiente fuera de las redes. En otras palabras, muchas de estas publicaciones reflejan necesidades emocionales no atendidas más que simple ansia de protagonismo.

Por eso, más que ridiculizar o minimizar estos comportamientos, resulta más útil plantearse qué falta de fondo: ¿espacios seguros para hablar? ¿Modelos de expresión emocional sana? ¿Educación digital que enseñe a diferenciar entre compartir y exponerse en exceso?

¿Por qué practicamos sadfishing? Motivos frecuentes

Las razones detrás del sadfishing son diversas y no siempre conscientes. En muchos casos se mezclan factores personales, relacionales y culturales. A grandes rasgos, suelen aparecer algunos motivos recurrentes.

En primer lugar, la necesidad de sentirse visto, comprendido y acompañado. Cuando alguien acumula tristeza o dolor sin encontrar un lugar donde colocarlos, las redes pueden percibirse como la única ventana abierta. Publicar se convierte así en una especie de “llamada de auxilio” ante un público indefinido.

También intervienen rasgos de personalidad. Las personas con tendencia narcisista pueden usar el sadfishing como forma de mantener la atención continuamente centrada en ellas, incluso a costa de exagerar o sobredimensionar su malestar. En el extremo opuesto, quienes tienen la autoestima baja pueden recurrir a estas publicaciones como única vía para recibir muestras de cariño.

La soledad y el aislamiento social son otro caldo de cultivo importante. Cuando las relaciones cara a cara se resienten, algunos buscan en internet el apoyo que echan en falta en su entorno. Si una primera publicación triste recibe un aluvión de respuestas cariñosas, es probable que la persona repita el patrón en cuanto vuelva a sentirse mal.

A veces detrás hay también psicopatologías como depresión o ansiedad. En esos casos, compartir el malestar en redes puede aportar un alivio momentáneo, pero si no se acompaña de ayuda profesional o cambios en la vida cotidiana, corre el riesgo de convertirse en un parche que tapa el problema sin resolverlo.

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Y no hay que olvidar un motivo mucho más frívolo pero real: el aburrimiento o la búsqueda de diversión. Algunos usuarios -los clásicos “trolls”- fingen tristeza o inventan dramas sólo para provocar reacciones y manipular a los demás. Este tipo de sadfishing, más cínico, puede dañar especialmente la credibilidad de quienes sí comparten problemas auténticos.

Consecuencias del sadfishing para quien lo practica

Más allá de los riesgos generales, el sadfishing sostenido en el tiempo puede tener efectos muy concretos sobre la salud mental de la persona que lo realiza.

Uno de los más claros es la dependencia emocional de la respuesta ajena. Si mi sensación de valía o de alivio depende de que otros reaccionen a lo que publico, me vuelvo extremadamente vulnerable a cualquier silencio, crítica o simple bajada de interacción.

Con el tiempo, esto puede llevar a vivir “de cara a la galería”, actuando en función de lo que creo que generará más impacto en redes, y no de lo que realmente necesito o valoro. En lugar de escuchar mis propias emociones, acabo calibrando mis decisiones en base a cómo creo que serán percibidas.

Además, cuando se abusa del sadfishing, parte del entorno puede empezar a percibir estas publicaciones como exageradas, poco creíbles o interesadas. Eso aumenta el riesgo de no recibir apoyo genuino cuando realmente haga falta, porque la gente ya está “quemada” o desconfiada.

Emocionalmente, la persona puede experimentar más ansiedad, tristeza, sensación de vacío o descontrol cada vez que la respuesta digital no está a la altura de sus expectativas. El círculo es claro: me siento mal, publico, mejoras un rato, vuelve el bajón, vuelvo a publicar. Sin cambios profundos, el malestar original no hace más que aumentar.

Por otra parte, abrir en exceso la intimidad puede tener consecuencias a largo plazo en la imagen que otros se forman de nosotros, incluyendo futuros jefes, compañeros de trabajo o estudios, e incluso relaciones personales. Una vez que algo está en internet, es muy difícil borrar del todo esa huella emocional.

Cómo prevenir y manejar el sadfishing

No se trata de dejar de hablar de emociones en redes, sino de aprender a hacerlo de un modo más sano y consciente. Hay varias estrategias que pueden ayudar tanto a prevenir como a reconducir el sadfishing.

La primera es trabajar la educación digital y emocional desde edades tempranas. Enseñar a diferenciar entre compartir algo que nos pasa y exponer nuestra intimidad por completo, entender quién puede ver nuestros contenidos y qué impacto puede tener lo que publicamos a medio y largo plazo.

También es clave reforzar la autoestima y el autoconocimiento: saber qué necesito cuando me siento mal, a quién puedo acudir fuera de las pantallas, qué cosas me ayudan de verdad a regularme (hablar con alguien de confianza, escribir en privado, hacer terapia, descansar, etc.). Cuantas más herramientas internas tengamos, menos dependeremos de la validación online.

Resulta útil, además, fomentar espacios de diálogo “offline”: familia, amistades, grupos de apoyo, profesionales. Cuanto más acostumbrados estemos a hablar cara a cara de lo que nos duele, menos tentador será convertir internet en nuestro único confesionario.

En personas que ya han desarrollado un patrón claro de sadfishing, puede ser necesario limitar el uso de redes durante un tiempo, revisar qué publican y por qué, y apoyarlas para encontrar otras vías de expresión emocional más seguras. La terapia psicológica -presencial u online- es una herramienta muy valiosa en estos casos.

Por último, como usuarios que vemos este tipo de contenido, podemos intentar adoptar una postura más empática y prudente: evitar juicios rápidos, no ridiculizar, ofrecer ayuda real si tenemos confianza y, cuando sospechemos que hay un problema serio, animar a la persona a pedir apoyo profesional en lugar de quedarnos sólo en el comentario de turno.

Todo este fenómeno del sadfishing retrata hasta qué punto nuestras emociones se han vuelto visibles, compartibles y, en algunos casos, rentables. Comprenderlo a fondo ayuda a movernos por las redes con un poco más de conciencia: cuidando lo que mostramos, cómo lo interpretamos en otros y, sobre todo, recordando que el sostén emocional más sólido sigue estando, casi siempre, en las relaciones cercanas y en pedir ayuda de forma directa cuando las fuerzas empiezan a fallar.

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