- Un canal de YouTube ha comparado el rendimiento de seis versiones de Windows en el mismo portátil antiguo.
- Windows 11 quedó último en la mayoría de pruebas de velocidad, consumo de recursos y apertura de aplicaciones.
- Windows 8.1 se situó como el sistema más rápido y equilibrado, con un arranque muy ágil y excelente gestión de pestañas.
- Los resultados dependen de un hardware viejo con HDD, por lo que no reflejan del todo el comportamiento en PCs modernos.

Microsoft lleva tiempo intentando convencer a los usuarios para que den el salto definitivo a su sistema más reciente, pero las cosas se le están complicando cuando aparecen pruebas como esta: en un experimento práctico, Windows 11 ha quedado en último lugar en casi todas las mediciones de rendimiento frente a versiones anteriores del propio Windows.
El responsable del test ha sido TrigrZolt, un canal de YouTube dedicado a Windows y a comparativas técnicas que se ha hecho popular por poner a pelear distintas ediciones del sistema operativo. En esta ocasión, ha decidido enfrentar seis generaciones completas de Windows en igualdad de condiciones para ver cómo se comportan en tareas cotidianas y medir hasta qué punto el sistema actual se ha vuelto más pesado.
El vídeo, que se ha viralizado entre usuarios de PC de toda Europa, ha reabierto el debate sobre si realmente compensa actualizar a Windows 11 cuando el hardware no es especialmente moderno. Y, desde luego, los resultados no ayudan demasiado a la nueva apuesta de Microsoft, que sale mal parada en arranque, consumo de RAM, uso de disco y apertura de programas básicos.
Conviene recordar que no se trata de una prueba científica ni de un benchmark oficial, pero sí de un experimento bastante ilustrativo de cómo los sistemas más recientes tienden a depender de equipos más potentes, algo que en España se nota especialmente en oficinas, centros educativos y hogares donde siguen en uso portátiles de hace más de una década.
Cómo se hizo la comparativa: seis Windows en seis portátiles idénticos
Para evitar que el hardware distorsionara las mediciones, TrigrZolt utilizó seis Lenovo ThinkPad X220 idénticos, unos portátiles muy populares de principios de la década pasada. Todos ellos montaban un procesador Intel Core i5-2520M, 8 GB de memoria RAM y un disco duro mecánico de 256 GB, es decir, un HDD clásico sin la rapidez de los SSD actuales.
En cada ordenador se instaló una versión distinta de Windows: Windows XP, Windows Vista, Windows 7, Windows 8.1, Windows 10 y Windows 11. Todas las ediciones se configuraron en su variante más actualizada posible dentro del soporte disponible, de modo que el entorno de pruebas fuese lo más justo posible entre generaciones.
El uso de un disco duro tradicional resulta clave en este ensayo. Los sistemas más antiguos fueron diseñados para funcionar con HDD, mientras que Windows 10 y, sobre todo, Windows 11 están optimizados pensando en unidades SSD o NVMe. Esto significa que el hardware elegido favorece de partida a los Windows clásicos, algo que el propio creador del experimento reconoce abiertamente.
Aun así, la situación tiene bastante sentido práctico para muchos usuarios europeos: en oficinas, administraciones públicas y centros educativos sigue habiendo gran cantidad de portátiles y sobremesas con discos duros mecánicos, que se ven obligados a convivir con sistemas cada vez más exigentes.
El objetivo del vídeo, más que coronar a un ganador absoluto para el día a día, era comprobar cómo ha cambiado el equilibrio entre rendimiento, consumo de recursos y funciones adicionales desde Windows XP hasta la última generación disponible.
Arranque y tiempo hasta poder usar el escritorio: 8.1 vuela y 11 se arrastra
La primera prueba se centró en el momento que más impacienta a cualquier usuario: la velocidad de inicio del sistema. Aquí, la sorpresa fue que Windows 8.1, una versión muy criticada en su día, fue el que encendió el portátil con mayor rapidez, dejando atrás tanto a los Windows más antiguos como a los más modernos.
Tanto Windows 8.1 como Windows 10 y 11 cuentan con función de arranque rápido o arranque híbrido, algo que teóricamente debería dar ventaja a las ediciones recientes frente a XP, Vista o 7. Sin embargo, el test demostró que el sistema más reciente es el que más tiempo necesita para quedar realmente operativo, a pesar de esta característica.
En el caso de Windows 11, la lentitud no se limita al encendido inicial: según se aprecia en la prueba, el escritorio tarda más en responder y la barra de tareas no termina de cargarse con agilidad. Este comportamiento viene arrastrándose desde el lanzamiento del sistema y, a juicio de muchos usuarios, Microsoft todavía no lo ha resuelto del todo.
Windows 10 se comportó de forma aceptable, logrando un arranque bastante competitivo que en algunos casos llega a situarse a la altura de Windows XP en tiempo total hasta estar listo para trabajar. Vista y 7 se quedaron en posiciones intermedias, sin destacar ni por rapidez ni por lentitud extrema.
En este escenario, la principal conclusión es que, en hardware antiguo con HDD, Windows 11 sufre claramente más que el resto para completar el proceso de arranque, algo que encaja con las quejas habituales de quienes han intentado aprovechar equipos viejos con el sistema más nuevo.
Uso de almacenamiento: XP es mínimo, Windows 11 casi duplica su espacio
Otro de los apartados analizados fue el espacio que ocupa cada sistema operativo en el disco una vez instalado y con las aplicaciones básicas preparadas. Aquí, los años no pasan en balde: cuanto más nuevo es el Windows, más gigas necesita, con alguna excepción curiosa.
En las mediciones realizadas, Windows XP se llevó la palma con solo 18,9 GB ocupados, incluyendo todas las apps instaladas para el experimento. Se trata de una huella muy reducida comparada con estándares actuales, algo que ayuda a explicar por qué este sistema sigue siendo tan ligero en hardware limitado.
Windows 8.1 quedó en una posición bastante razonable con alrededor de 27,9 GB de uso en disco, mientras que las versiones más cercanas a la actualidad empezaron a dispararse. Tanto Windows 10 como Windows 11 se movieron en torno a los 37 GB de ocupación, reflejando la carga de componentes adicionales, servicios en segundo plano y herramientas integradas.
La sorpresa negativa en este punto fue Windows 7, que necesitó unos 44,6 GB de almacenamiento para alojar el sistema y las mismas aplicaciones, lo que le convierte en el más exigente en espacio de todos los probados. Vista también se situó por encima de XP y 8.1, aunque sin llegar a los niveles de Windows 7.
En términos prácticos, esto significa que, en un equipo con un disco duro no demasiado grande, Windows 11 no es el que más espacio se come, pero sí casi duplica las necesidades de XP. Para quienes en España siguen tirando de portátiles con unidades de 128 o 256 GB, estos números no son precisamente un detalle menor.
Consumo de RAM: los clásicos ganan por goleada frente a Windows 11
Cuando se puso el foco en la memoria RAM, la tendencia fue la misma: las versiones más antiguas de Windows resultaron mucho más austeras que las actuales. El test comparó el uso de RAM en reposo, con el sistema recién iniciado y sin aplicaciones pesadas en marcha.
En ese escenario, Windows XP volvió a destacar con apenas 0,8 GB de RAM consumidos. Muy cerca se situaron Windows 8.1, con 1,3 GB, y Windows 7, con unos 1,4 GB aproximadamente. Vista quedó un poco por encima, en torno a 1,5 GB, pero aún en números bastante contenidos para un portátil de 8 GB.
La cosa cambió por completo al mirar las cifras de las ediciones más modernas: Windows 10 se fue a unos 2,3 GB de uso de RAM en reposo, mientras que Windows 11 rozó o superó los 3,3 GB, con picos cercanos a 3,7 GB según distintas pruebas. Es decir, el último sistema necesita en torno a cuatro veces más memoria que XP para estar simplemente encendido.
Este incremento se explica por el mayor número de servicios en segundo plano, la telemetría, las funciones de seguridad reforzada y la integración con la nube que traen consigo los Windows más recientes. Todo ello suma procesos activos que, en máquinas con poca RAM, se traducen en tirones, esperas y una sensación generalizada de lentitud.
En resumen, quien pretenda instalar Windows 11 en un equipo antiguo con 4 u 8 GB de RAM y disco duro mecánico se encontrará con un sistema bastante más pesado y menos cómodo de usar que las versiones intermedias como 7, 8.1 o incluso 10.
Navegación web y multitarea: Windows 8.1 arrasa en pestañas, 11 se hunde
Una de las pruebas más llamativas consistió en cargar tantas pestañas de navegador como fuese posible hasta alcanzar un tope de 5 GB de memoria utilizada. Para garantizar la compatibilidad con los seis sistemas, se utilizó el navegador Supermium, operativo desde XP hasta 11.
En este test, Windows 8.1 dio la gran campanada: logró abrir 252 pestañas antes de alcanzar el límite impuesto. Ninguna otra edición se acercó ni de lejos a esta cifra, lo que demuestra el buen equilibrio entre consumo de memoria y gestión del navegador en este sistema.
En el extremo contrario, Windows 11 volvió a ser el farolillo rojo con solo 49 pestañas abiertas antes de rozar el techo de RAM establecido. Incluso Windows XP, que ya iba muy forzado por la antigüedad de su base, se quedó en 50 pestañas, apenas una más, pero con condiciones algo diferentes por el archivo de paginación.
Para los Windows intermedios, los resultados fueron más discretos, pero sin llegar a los extremos de 8.1 o 11. Windows 10, por ejemplo, consiguió un número de pestañas muy superior al del sistema más reciente, gracias a técnicas para acelerar Windows 10 que optimizan la gestión de recursos.
Más allá de la anécdota de las pestañas, la prueba pone de manifiesto que, en hardware antiguo, los sistemas más recientes penalizan la experiencia de navegación cuando se abren muchas páginas a la vez, algo muy habitual en teletrabajo, estudios online y uso intensivo de servicios web.
Autonomía de batería y tareas diarias: igualdad aparente, pero Windows 11 sigue a la cola
En el terreno de la autonomía, los resultados fueron menos dramáticos. La comparativa de duración de batería mostró que, entre el mejor y el peor de los seis sistemas, apenas había unos dos minutos de diferencia. En este punto, Windows XP aguantó ligeramente más y Windows 11 fue el primero en agotarse, pero el margen fue tan estrecho que, a efectos prácticos, el impacto es casi testimonial.
Donde sí se notaron diferencias fue en la apertura de aplicaciones cotidianas como Adobe Reader, VLC Media Player, Paint, la Calculadora o el Explorador de archivos. En prácticamente todas estas tareas, Windows 11 volvió a situarse en último lugar, tardando más que el resto en dejar las apps listas para usar.
En algunas pruebas específicas, como la transferencia de archivos dentro del propio sistema, Windows 11 logró salvar un poco la papeleta. En copia de datos se llegó a colocar en segunda posición, solo por detrás de Windows 10, demostrando que en tareas orientadas a hardware moderno su arquitectura sí puede sacar partido a las optimizaciones.
En cambio, al exportar audio con Audacity o al trabajar con archivos de vídeo, el sistema actual volvió a quedar entre los últimos, mientras que Windows 10 y 8.1 se comportaron de forma mucho más sólida. XP y Vista, directamente, no pudieron participar en algunas de estas mediciones por falta de compatibilidad con las versiones más recientes del software.
En definitiva, Windows 11 no consiguió ganar ni una sola de las pruebas de uso cotidiano incluidas en el experimento, algo que refuerza la imagen de sistema pesado cuando se ejecuta en ordenadores de generaciones pasadas sin SSD.
Benchmarks sintéticos y pruebas de CPU y disco: resultado muy repartido
Además de las mediciones prácticas, el vídeo incluyó diversos benchmarks sintéticos como CPU-Z, Geekbench, CrystalDiskMark o Cinebench, habituales en comparativas de rendimiento puro. Aquí los resultados fueron más matizados, pero tampoco especialmente favorables a Windows 11.
En CPU-Z, por ejemplo, Windows XP se impuso en la prueba de un solo núcleo, mientras que Windows 7 lideró la prueba multinúcleo. Windows 11 se movió en posiciones medias o bajas, sin destacar en ningún caso como el más rápido con el mismo procesador.
En Geekbench, el duelo estuvo centrado sobre todo entre Windows 10 y Windows 11. El más moderno consiguió una ligera ventaja en rendimiento mononúcleo, pero quedó por detrás en la medición multinúcleo, un equilibrio que coincide con la sensación generalizada de que el nuevo sistema no siempre traduce sus requisitos adicionales en mejoras claras de velocidad.
Las pruebas de disco con CrystalDiskMark beneficiaron a las versiones más ligeras, con Windows XP obteniendo algunos de los mejores resultados gracias a una menor carga de procesos. En Cinebench, centrado en renderizado, Windows 8.1 volvió a destacar, consolidando su posición como sistema muy equilibrado en este hardware tan concreto.
Windows 11 logró algún que otro puesto intermedio en benchmarks de disco y copia de archivos, pero en ningún momento se situó como claro ganador. El patrón general es que nunca lidera y, en muchas mediciones, se queda al final de la tabla, lo que en términos de percepción pública no le hace ningún favor.
El contexto: hardware desfasado, soporte limitado y usuarios buscando alternativas
Un detalle que no conviene perder de vista es que Windows 11 ni siquiera es oficialmente compatible con la configuración de los ThinkPad X220 utilizados. El procesador carece de soporte dentro de los requisitos marcados por Microsoft, y el uso de discos duros mecánicos no entra en los escenarios ideales para los que está pensado el sistema.
Esto hace que el experimento tenga más de curiosidad histórica que de recomendación directa para el día a día. En un PC moderno con SSD NVMe y 16 GB de RAM, los resultados serían muy distintos y, probablemente, Windows 11 se mostraría mucho más ágil que XP, Vista o 7, tanto en rendimiento bruto como en seguridad y compatibilidad.
Aun con estas reservas, la prueba llega en un momento delicado para Microsoft. El anuncio del fin del soporte estándar de Windows 10 ha obligado a muchos usuarios a plantearse qué hacer con sus equipos: pasar por el aro de Windows 11, contratar versiones con soporte extendido o, directamente, cambiar de sistema operativo.
En este contexto, distribuciones de Linux como Zorin OS, basada en Ubuntu y con un aspecto muy similar a Windows, están ganando protagonismo. Sus responsables han anunciado recientemente más de un millón de descargas en poco más de un mes, y aseguran que aproximadamente un 78 % de las instalaciones proceden de equipos que originalmente venían con Windows.
Este tipo de movimientos evidencian que una parte de los usuarios europeos prefiere buscar alternativas antes que forzar la actualización a un sistema más exigente en ordenadores que ya van justos de potencia, especialmente cuando las pruebas públicas dejan tan mala imagen del rendimiento de Windows 11 en hardware antiguo.
Tomando todo el conjunto de pruebas, el experimento de TrigrZolt dibuja un panorama en el que Windows 8.1 emerge como la versión más rápida y equilibrada en portátiles veteranos, mientras que Windows 11 encadena últimos puestos en arranque, uso de RAM, multitarea y apertura de aplicaciones. Aunque el escenario favorece claramente a los sistemas antiguos y no es representativo de un PC moderno con SSD, la comparativa sirve para entender por qué tantos usuarios se resisten a actualizar y por qué, en Europa y España, sigue muy vivo el debate sobre qué hacer cuando se combina software cada vez más pesado con hardware que no siempre está a la altura.